La fiesta de la Presentación del Señor en el templo de Jerusalén, celebrada el 2 de febrero, invita a contemplar a María como modelo de pureza, obediencia, conversión y entrega. Para esta celebración se proponen dos poemas de Luis de Góngora, titulados ambos A la purificación de Nuestra Señora, compuestos en 1614 y 1615.
Luis de Góngora y Argote (1561-1627) es una de las cumbres del barroco español y el máximo representante del «culteranismo». Su poesía busca la belleza mediante un lenguaje de gran densidad formal: metáforas audaces, imágenes luminosas, hipérbatos complejos y una constante referencia a la tradición clásica y bíblica.
Góngora no pretende la claridad inmediata, sino una lectura contemplativa que desvele, poco a poco, la riqueza del sentido. En sus versos, lo cotidiano se transfigura y el mundo se convierte en un tejido de símbolos donde forma y contenido alcanzan una intensa unidad estética.
La Purificación y la Presentación del Señor
Cumplido el tiempo de la purificación de la Madre, según la Ley de Moisés, es preciso ir con el Niño a Jerusalén para presentarle al Señor. (Luc., II, 22.)
Y esta vez serás tú, amigo mío, quien lleve la jaula de las tórtolas. -¿Te fijas? Ella -¡la Inmaculada!- se somete a la Ley como si estuviera inmunda.
¿Aprenderás con este ejemplo, niño tonto, a cumplir, a pesar de todos los sacrificios personales, la Santa Ley de Dios?
¡Purificarse! ¡Tú y yo sí que necesitamos purificación! -Expiar, y, por encima de la expiación, el Amor. -Un amor que sea cauterio, que abrase la roña de nuestra alma, y fuego, que encienda con llamas divinas la miseria de nuestro corazón.

Un hombre justo y temeroso de Dios, que movido por el Espíritu Santo ha venido al templo -le había sido revelado que no moriría antes de ver al Cristo-, toma en sus brazos al Mesías y le dice: Ahora, Señor, ahora sí que sacas en paz de este mundo a tu siervo, según tu promesa... porque mis ojos han visto al Salvador. (Luc., II, 25-30.)
Santo Rosario, IV misterio gozoso
Primer poema: la Virgen como transparencia de la luz
La vidrïera mejoren sus brazos de cristalentra al Sol hoy celestialen la capilla mayor;a cuyo resplandor,sin que más luz espere,Simeón fénix arde y cisne muere.
En esta breve y densa composición, Góngora condensa con maestría el misterio de la Purificación de María y la Presentación del Señor.
La imagen inicial de la “vidriera” convierte a la Virgen en transparencia perfecta: como el cristal, deja pasar la luz sin retenerla, acogiendo en sus brazos al “Sol celestial”, Cristo, luz verdadera que ilumina el templo.
La capilla mayor no es solo el espacio litúrgico de Jerusalén, sino figura del corazón de María y, por extensión, de la Iglesia, donde Dios se hace presente sin perder su gloria.
El resplandor del Niño basta por sí mismo: “sin que más luz espere”, aludiendo al cumplimiento de las promesas.
Simeón aparece transfigurado en doble símbolo clásico y cristiano: “fénix”, porque renace al ver al mesías esperado; “cisne”, porque canta su última alabanza antes de morir.
La vidriera, el Sol y la capilla mayor
| Imagen poética | Sentido simbólico |
|---|---|
| La vidriera | La Virgen como transparencia perfecta |
| El Sol celestial | Cristo, luz verdadera que ilumina el templo |
| La capilla mayor | El corazón de María y la Iglesia |
| El fénix | Simeón renace al ver al Mesías esperado |
| El cisne | Simeón canta su última alabanza antes de morir |
Segundo poema: la Palomica blanca y el canto de Simeón
Entre uno y otro gemido del legal ofrecimiento, escucha el final acento de aquel cisne encanecido: «Ya, Señor, ya me despido de mi vida con quietud, pues he visto tu salud, y la nuestra mucho mas».
Corre, vuela, calla, y verás cómo en las manos de un viejos pone hoy franca la Palomica blanca, que pone, que pare, que pare como Virgen, que pone como Madre.
Este poema dialogado despliega con viveza barroca el misterio de la Presentación del Señor, combinando lo popular y lo teológico.
La invitación insistente («Corre, vuela, calla, y verás») subraya que el misterio no se explica solo con palabras: exige prontitud interior, silencio contemplativo y disponibilidad.
La “Palomica blanca” es María, símbolo de pureza y del Espíritu, que “pone” al Hijo en manos de Simeón y, al mismo tiempo, “pare” virginalmente: paradoja central que Góngora formula con ritmo casi litánico.
La escena se eleva con la imagen de la paloma con el ramo de olivo, eco del diluvio y signo de la esperanza cumplida.
Simeón, anciano, “cisne encanecido”, entona su último canto al reconocer la “salud” de Dios, salvación universal.

María, modelo de conversión y purificación
La obediencia de María muestra que la santidad se manifiesta también en la aceptación humilde de la voluntad de Dios. Ella -¡la Inmaculada!- se somete a la Ley como si estuviera inmunda.
La escena del templo conduce a una pregunta dirigida a la vida cotidiana: ¿Aprenderás con este ejemplo, niño tonto, a cumplir, a pesar de todos los sacrificios personales, la Santa Ley de Dios?
¡Purificarse! ¡Tú y yo sí que necesitamos purificación! -Expiar, y, por encima de la expiación, el Amor.
Un amor que sea cauterio, que abrase la roña de nuestra alma, y fuego, que encienda con llamas divinas la miseria de nuestro corazón.
La purificación no consiste únicamente en reconocer el pecado, sino en dejar que el amor transforme la persona desde dentro. La obediencia de María se convierte así en una invitación a la conversión sincera.
Cuanto más sincero, más alegre
Vuelve de nuevo la mirada sobre tu vida, y pide perdón por ese detalle y por aquel otro que saltan enseguida a los ojos de tu conciencia; por el mal uso que haces de la lengua; por esos pensamientos que giran continuamente alrededor de ti mismo; por ese juicio crítico consentido que te preocupa tontamente, causándote una perenne inquietud y zozobra...
¡Que podéis ser muy felices! ¡Que el Señor nos quiere contentos, borrachos de alegría, marchando por los mismos caminos de ventura que El recorrió!
Sólo nos sentimos desgraciados cuando nos empeñamos en descaminarnos, y nos metemos por esa senda del egoísmo y de la sensualidad; y mucho peor aún si embocamos la de los hipócritas.
Amigos de Dios, 141
La alegría es un bien cristiano. Unicamente se oculta con la ofensa a Dios: porque el pecado es producto del egoísmo, y el egoísmo es causa de la tristeza.
Aún entonces, esa alegría permanece en el rescoldo del alma, porque nos consta que Dios y su Madre no se olvidan nunca de los hombres.
Si nos arrepentimos, si brota de nuestro corazón un acto de dolor, si nos purificamos en el santo sacramento de la Penitencia, Dios sale a nuestro encuentro y nos perdona; y ya no hay tristeza: es muy justo regocijarse porque tu hermano había muerto y ha resucitado; estaba perdido y ha sido hallado.
Es Cristo que pasa, 178
El perdón del Padre y la alegría recuperada
Esas palabras recogen el final maravilloso de la parábola del hijo pródigo, que nunca nos cansaremos de meditar: he aquí que el Padre viene a tu encuentro; se inclinará sobre tu espalda, te dará un beso prenda de amor y de ternura; hará que te entreguen un vestido, un anillo, calzado.
Tú temes todavía una reprensión, y él te devuelve tu dignidad; temes un castigo, y te da un beso; tienes miedo de una palabra airada, y prepara para ti un banquete.
La purificación cristiana se comprende, por tanto, dentro de una relación de amor. El arrepentimiento no conduce a la desesperación, sino al encuentro con el Padre y a la recuperación de la dignidad.
Una fe consecuente
El cristiano ha de manifestarse auténtico, veraz, sincero en todas sus obras. Su conducta debe transparentar un espíritu: el de Cristo.
Si alguno tiene en este mundo la obligación de mostrarse consecuente, es el cristiano, porque ha recibido en depósito, para hacer fructificar ese don, la verdad que libera, que salva.
Padre, me preguntaréis, y ¿cómo lograré esa sinceridad de vida? Jesucristo ha entregado a su Iglesia todos los medios necesarios: nos ha enseñado a rezar, a tratar con su Padre Celestial; nos ha enviado su Espíritu, el Gran Desconocido, que actúa en nuestra alma; y nos ha dejado esos signos visibles de la gracia que son los Sacramentos.
Usalos. Intensifica tu vida de piedad. Haz oración todos los días. Y no apartes nunca tus hombros de la carga gustosa de la Cruz del Señor.
La Presentación del Señor
La purificación en la vida ordinaria
Ha sido Jesús quien te ha invitado a seguirle como buen discípulo, con el fin de que realices tu travesía por la tierra sembrando la paz y el gozo que el mundo no puede dar.
Para eso -insisto-, hemos de andar sin miedo a la vida y sin miedo a la muerte, sin rehuir a toda costa el dolor, que para un cristiano es siempre medio de purificación y ocasión de amar de veras a sus hermanos, aprovechando las mil circunstancias de la vida ordinaria.
La Presentación del Señor no queda reducida al recuerdo de una escena del Evangelio. El ofrecimiento del Niño, la obediencia de María y la espera cumplida de Simeón iluminan también las decisiones, sacrificios y deberes de cada día.
El dolor, vivido desde la fe, puede convertirse en ocasión de amor. La Cruz no desaparece, pero adquiere un sentido nuevo cuando se une al seguimiento de Cristo y al servicio de los hermanos.
La Cruz junto a María
Se ha pasado el tiempo. Tengo que poner punto final a estas consideraciones, con las que he intentado remover tu alma, para que tú respondieses concretando algunos propósitos, pocos, pero bien determinados.
Piensa que Dios te quiere contento y que, si tú pones de tu parte lo que puedes, serás feliz, muy feliz, felicísimo, aunque en ningún momento te falte la Cruz.
Pero esa Cruz ya no es un patíbulo, sino el trono desde el que reina Cristo. Y a su lado, su Madre, Madre nuestra también.
La imagen final reúne los principales motivos de la celebración: la obediencia de María, la luz de Cristo, la espera de Simeón, la purificación del corazón, la alegría del perdón y la aceptación de la Cruz.
La Virgen acompaña el camino hacia la santidad no desde la distancia, sino como Madre nuestra también, enseñando a recibir a Cristo, a ofrecerlo y a vivir con sinceridad la fe.
La sensibilidad religiosa de una poetisa de la Alpujarra
Tenía un profundo sentimiento religioso, que la llevó a bordar un manto precioso a la Virgen Dolorosa de su pueblo.
Alpujarra, Cumbres Serenas, 1980.
Los niños son mis amigos, 1981.
Sí. ¿Alabarme?, no. ¿Estás llorando?. Al final ... ¡Milagro!
Poetisa, autodidacta, nacida del pueblo y para el pueblo.
Poetisa transparente, intimista, pero abierta, con el corazón en la mano.
Amante de la Alpujarra, de Granada, de su pueblo (Pitres), de la naturaleza, de las flores, de los pájaros, tenía un profundo sentimiento religioso por lo que muchos de sus poemas están dedicados a cada uno de estos epígrafes.
A Granada también le dedica estrofas.
Desea ardientemente tener un hijo, o tres o cuatro, deseo imposible que reflejan sus poemas.
La devoción mariana aparece así vinculada a la sensibilidad popular, a la memoria de los pueblos y a una poesía nacida de la experiencia íntima. La Virgen Dolorosa, la naturaleza, la maternidad deseada y la vida de la comunidad forman parte de un mismo universo espiritual.
Una lectura contemplativa de los poemas
Los dos poemas de Góngora pueden leerse como una invitación a entrar lentamente en el misterio. La primera composición concentra la atención en la luz que atraviesa a María y en la figura de Simeón, que alcanza la plenitud de su espera.
La segunda incorpora el movimiento, la llamada urgente y el diálogo. “Corre, vuela, calla, y verás” reúne tres actitudes ante el misterio: prontitud interior, elevación del espíritu y silencio contemplativo.
La “Palomica blanca” expresa de manera popular y paradójica la identidad de María: “pare como Virgen” y “pone como Madre”. El lenguaje barroco convierte la escena evangélica en una imagen viva de pureza, maternidad y entrega.
En ambas composiciones, María no ocupa un lugar separado del misterio de Cristo. Sus brazos reciben al Niño, su obediencia lo presenta en el templo y su pureza deja pasar la luz del Salvador.
La contemplación de estos versos puede conducir a una oración sencilla: pedir una fe sincera, un corazón purificado, una alegría que no dependa de las circunstancias y una disponibilidad semejante a la de María.
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