En la Biblia, el fuego es uno de los símbolos más profundos de la presencia y la obra de Dios. Representa la santidad divina que ilumina, calienta, guía, purifica, prueba, transforma y enciende el corazón del creyente.
El Espíritu Santo es presentado como fuego porque trae la presencia de Dios, produce pasión por Cristo y realiza una obra de pureza interior. Su fuego no es una emoción pasajera: es la manifestación viva de la presencia de Dios que transforma el corazón humano, revela el pecado, fortalece la fe y capacita para el testimonio.
El fuego como símbolo de la presencia de Dios
La Biblia describe a Dios como un “fuego consumidor” (Hebreos 12:29), así que no es sorpresa que el fuego aparezca a menudo como un símbolo de la presencia de Dios. Los ejemplos incluyen la zarza ardiente (Éxodo 3:2), la gloria Shekinah (Éxodo 14:19; Números 9:15), y la visión de Ezequiel (Ezequiel 1:4).
El Espíritu Santo es misterio divino, pero que se deja sentir por sus actos, por sus efectos que, aunque invisibles, son realísimos, dado que Dios es la suprema realidad. Dado que el Espíritu es intangible, invisible, la misma Escritura habla de su presencia con símbolos como el agua, el viento, el fuego.
El Espíritu Santo es la presencia de Dios cuando Él mora en el corazón del creyente (Romanos 8:9). En el Antiguo Testamento, Dios mostraba Su presencia a los israelitas cubriendo el tabernáculo con una apariencia de fuego (Números 9:14-15). Esta presencia de fuego les proporcionaba luz y guía (Números 9:17-23).
En el Nuevo Testamento, Dios guía y consuela a Sus hijos con el Espíritu Santo morando en sus cuerpos - el “tabernáculo” y el “templo del Dios vivo” (2 Corintios 5:1; 6:16).
El fuego del Espíritu Santo en Pentecostés
Cuando Juan el Bautista anunció la venida de Cristo, declaró: “Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego” (Mateo 3:11). Esta promesa se cumple en Pentecostés: “Aparecieron lenguas como de fuego… Todos quedaron llenos de Espíritu Santo” (Hc 2, 3).
En el día de Pentecostés, ese fuego descendió sobre la Iglesia. “Y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos” (Hechos 2:3).
Ese fuego no era físico solamente, sino espiritual: encendió valor en los temerosos, pasión en los indiferentes y santidad en los débiles. Pedro, quien antes negó a Cristo, ahora predicaba con poder. El fuego del Espíritu transforma cobardes en testigos.
En los inicios del Nuevo Testamento, el Espíritu Santo es asociado con fuego. Juan el Bautista predice que Jesús será El que “os bautizará con el Espíritu Santo y con fuego.” Cuando el Espíritu Santo inició Su ministerio de morar en la iglesia primitiva, Él eligió aparecer como “lenguas de fuego” que se posaban sobre los creyentes.
En ese momento “se les aparecieron lenguas como de fuego que, repartiéndose, se posaron sobre cada uno de ellos. Todos fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas según el Espíritu les daba habilidad para expresarse.” (Hechos 2:3-4).
¿Qué significa que el Espíritu Santo sea fuego?
El fuego es una maravillosa figura de la obra del Espíritu Santo. El Espíritu es como un fuego en al menos tres maneras: El trae la presencia de Dios, la pasión de Dios, y la pureza de Dios.
El fuego ilumina
El fuego nos da luz También el fuego del Espíritu Santo nos ilumina. Nos rescata de la tiniebla del miedo, gracias a que lo recibimos en el Bautismo, podemos desterrar todo temor porque somos y nos sabemos hijos adoptivos y amadísimos de Dios.
Nos libra de la tiniebla de la ignorancia, nos guía a la Verdad; alumbra nuestro entendimiento para que comprendamos la Palabra de Dios, distingamos lo malo de lo bueno y podamos elegir lo perfecto, lo que agrada al Señor.
Y nos da los carismas necesarios para salir a edificar en nuestro mundo el Reino de Dios.
En Éxodo 13:21 una columna de fuego alumbraba el camino en la noche para los Judíos. Jesús mismo dijo en Juan 8:12 “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”. El fuego fue el mismo Jesús dando luz en el desierto. Lo mismo que Él hace ahora en nuestros desiertos.
El fuego calienta el corazón
El fuego calienta También el fuego del Espíritu nos da calor, derrite el hielo del corazón que nos hace ser fríos e indiferentes, y nos colma de amor, paz, paciencia, generosidad, bondad y cuanto necesitamos para ir con calidez al encuentro de los demás.
El Espíritu Santo crea la pasión de Dios en nuestros corazones. Después de que los dos discípulos hablaron con el Jesús resucitado, ellos describieron lo que sucedía en su corazón “¿No ardía nuestro corazón dentro de nosotros mientras nos hablaba en el camino…?” (Lucas 24:32).
Cuando el fuego del Espíritu arde, la adoración es viva, la oración es intensa y el servicio es apasionado.
El fuego atrae y congrega
El fuego atrae y congrega La gente se reúne alrededor de una fogata o chimenea. También el Espíritu Santo nos congrega en la unidad de la Iglesia, nos integra a la familia del Padre, nos conforta, nos consuela, nos libra de la soledad.
El fuego fortalece y consolida
El fuego cuece, fragua También el fuego del Espíritu Santo nos ayuda a que cuajen, consoliden, nuestras buenas iniciativas e intenciones, porque nos colma de los dones (sabiduría, entendimiento, ciencia, consejo, fortaleza, piedad y temor de Dios), que necesitamos para vivir como verdaderos cristianos.
El fuego enciende la pasión espiritual
El Espíritu Santo produce la pasión de Dios en nuestros corazones. Después que los apóstoles recibieron el Espíritu en Pentecostés, tuvieron una pasión que perduró durante toda su vida y los impulsó a hablar la Palabra de Dios con valentía (Hechos 4:31).
El fuego del Espíritu no es un simple símbolo emocional; es la manifestación viva de la presencia de Dios que transforma el corazón humano.
El fuego purificador del Espíritu Santo
Si bien podemos encontrar varios sentidos: ilumina, calienta, inflama, etc., hay un sentido que destaca sobre todos: el fuego purifica. Es verdad que también el agua purifica, pero el agua purifica solamente por fuera, mientras que el fuego purifica de una manera radical, hasta lo más profundo.
El fuego purifica y quema También el fuego del Espíritu Santo nos purifica, nos ayuda a reconocer nuestros pecados, confesarlos y superarlos. Nos ayuda a achicharrar ese egoísmo que nos impide poner lo que somos y tenemos al servicio de Dios y del hermano.
El propósito de Dios es purificarnos (Tito 2:14), y el Espíritu es el agente de nuestra santificación (1 Corintios 6:11; 2 Tesalonicenses 2:13; 1 Pedro 1:2).
Así como el orfebre utiliza el fuego para purgar la escoria de los metales preciosos, así Dios usa al Espíritu para eliminar nuestro pecado de nosotros (Salmo 66:10; Proverbios 17:3). Su fuego limpia y refina.
El profeta Malaquías habla de la obra del Mesías como “fuego de fundidor…, refinará los hijos de Leví” (Mal 3, 2). También Isaías: “Te purificaré de escorias en el crisol” (Is 1, 25).
El fuego que purifica también restaura.
El fuego quema el pecado sin destruir al pecador
Pero, ¿cómo quema los pecados sin destruir al pecador? Dice un autor medieval: “Este fuego divino consume las espinas y aguijones de los vicios y la herrumbre de los pecados; no consume la naturaleza sino que la purifica”.
Sabemos que el Ángel del Señor era una aparición de Jesús pre-encarnado, y como Él es el creador de todo, Él es capaz de quemar la zarza sin consumirla, demostrando simbólicamente que Él puede quemar las impurezas sin destruir el objeto.
En Éxodo 3:2, donde el Ángel del Señor se le apareció a Moisés, él notó “una llama de fuego, en medio de una zarza… que no se consumía”.
El fuego divino no consume aquello que Dios quiere restaurar; consume las impurezas que deforman su propósito.
La purificación y el arrepentimiento
La historia de la iglesia muestra que cada avivamiento genuino comenzó con arrepentimiento profundo. Antes del poder vino la purificación.
Cuando uno que profesa ser Cristiano se aparta de Él por la tribulación, está probando que no es lo que profesó, demostrando al mundo quiénes son realmente de Él (Mt. 13:5).
Cuando el Espíritu Santo purifica, no expone el pecado para condenar al creyente arrepentido, sino para conducirlo a la confesión, la restauración y una vida transformada.
Cuando S. Pedro predica después de Pentecostés, dice: “Arrepentíos y bautizaos cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo, para que queden perdonados vuestros pecados. Entonces recibiréis el Espíritu Santo” (Hc 2, 38).
Estas palabras no significan que la remisión de los pecados sea anterior y solo después llegue el don del Espíritu Santo. Significa que, desde el principio, el Espíritu Santo actúa en la remisión de los pecados como agente, y simultáneamente, una vez purificados, está presente como don y posesión estable.
Es el mismo Espíritu Santo quien realmente borra el pecado e infunde la gracia. El pecado del hombre no queda simplemente “tapado”, “no imputado”, sino que es realmente borrado, destruido.
El fuego como prueba de la fe y de las obras
Contrario a lo que algunos puedan decir, la vida cristiana no es una vida sin aflicciones. Es más, desde el inicio nuestro Señor Jesús nos dice lo siguiente: “En el mundo tenéis tribulación; pero confiad, yo he vencido al mundo” (Jn. 16:33b).
En este pasaje no solo tenemos la afirmación de que las tribulaciones vendrán, sino que se nos promete que Jesús está por encima de ellas. Nuestro Dios es un Dios de propósito, por lo que sabemos que en toda aflicción Dios tiene algo para nosotros.
El Señor usa nuestras pruebas para mostrarnos áreas de nuestra vida que todavía no le hemos rendido totalmente; para mostrarnos algunos de los ídolos que todavía existen en nuestro corazón, y también nos demuestra algunas de las debilidades donde necesitamos trabajar.
¿Y cómo lo hace? Jeremías 23:29: “No es mi palabra como fuego -declara el Señor- y como martillo que despedaza la roca”. Para formarnos a Su imagen, todo lo que no se parece a Él necesita ser removido, y aquellas cosas que sí se parecen pero que aún son débiles porque no están siendo usadas, son fortalecidas.
Entonces, es la misma tribulación que desarrolla los músculos de la fe mientras nos purifica.
En 1º Corintios 3:13 leemos: “El fuego probará el trabajo que hemos hecho”. En 1º Pedro 1:7 dice: “La fe de ustedes es como el oro, su calidad debe ser probada por el fuego”.
Vemos esto en 1 Corintios 3:11-15, donde Pablo, hablando sobre el día cuando apareceremos frente el juez justo nos dice: “Si sobre este fundamento alguno edifica con oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, paja, la obra de cada uno se hará evidente; porque el día la dará a conocer, pues con fuego será revelada; el fuego mismo probará la calidad de la obra de cada uno.
Si permanece la obra de alguno que ha edificado sobre el fundamento, recibirá recompensa. Si la obra de alguno es consumida por el fuego, sufrirá pérdida; sin embargo, él será salvo, aunque así como por fuego”.
Todas nuestras buenas obras hechas para el Señor con motivaciones puras serán aceptadas y contadas a nuestro favor; pero todas las que fueron hechas con motivaciones equivocadas serán quemadas.
El fuego revela a Cristo
El libro del Apocalipsis no fue dado para confundir, sino para encender. No fue escrito para especular, sino para despertar. En medio de símbolos y visiones, aparece una verdad central: Dios busca una iglesia encendida por el fuego del Espíritu.
Ese fuego no es emoción pasajera. Es presencia divina, pureza santa y poder transformador. Donde el Espíritu arde, Cristo es revelado, la iglesia es purificada y el mundo es confrontado.
Apocalipsis 1:13-15 declara: “Sus ojos eran como llama de fuego… su rostro era como el sol cuando brilla en su fuerza”. Juan no vio primero a la iglesia, vio primero a Cristo. Antes de corregir a las iglesias, el Espíritu mostró la gloria del Hijo.
El fuego del Espíritu siempre tiene un propósito: revelar a Jesucristo en su plenitud. Los ojos como llama de fuego simbolizan su mirada que penetra lo profundo. Nada queda oculto ante Él.
El fuego del Espíritu no solo consuela; también revela, examina y confronta.
El fuego purifica a la Iglesia
Apocalipsis 1:5 dice: “Al que nos amó y nos lavó de nuestros pecados con su sangre”. El fuego del Espíritu está conectado con la obra redentora de Cristo. No es un fuego emocional; es un fuego santo.
En el Antiguo Testamento, el fuego del altar consumía el sacrificio y purificaba. Cristo camina entre los candelabros, las iglesias. Él observa, examina y purifica.
Donde el Espíritu arde, el pecado no puede permanecer oculto.
La Iglesia es el lugar donde “arde” el Espíritu Santo, como una “incineradora” siempre encendida que destruye los desechos del alma y la llena de vida, la santifica comunicándole su propia santidad.
El Espíritu Santo es “Dominum et vivificantem”, “Señor y Dador de vida”, destruye el pecado y santifica las almas.
El fuego delante del trono
Apocalipsis 4:5 declara: “Había siete lámparas de fuego ardiendo delante del trono”. El fuego delante del trono no está apagado ni débil; está ardiendo continuamente. Esto revela que el Espíritu de Dios es un fuego constante.
El fuego del Espíritu, como siete lámparas de fuego, ilumina una sola pregunta: ¿Cuánto de Cristo hay realmente en nosotros?
El Espíritu Santo, desde el trono, revela y prueba todo a la luz de Cristo. No según cultura, tradición o apariencia espiritual, sino según Él.
La función de una antorcha es triple: El Espíritu Santo hace exactamente eso. Revela lo oculto. Prueba lo que somos. Determina lo que permanece.
El trono de Dios gobierna mediante el Espíritu. Y el Espíritu habla a la iglesia: “El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice”. No es solo consuelo. Es gobierno espiritual.
El Espíritu forma a Cristo en el creyente
El propósito original de Dios para el hombre es la restauración del diseño divino y el modelo perfecto para la humanidad.
Cristo no solo se presenta personalmente; luego se presenta corporativamente. Él camina entre los candelabros. Sostiene a las iglesias en su mano.
Esto revela una verdad profunda: Lo que es verdad de Cristo debe ser verdad de su iglesia. Dios no busca actividades religiosas. Busca la imagen de su Hijo formada en su pueblo.
El Espíritu Santo trabaja continuamente para reproducir el carácter de Cristo en cada creyente y en la iglesia como cuerpo.
Romanos 8:29 declara: “Para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo”.
El fuego del Espíritu examina según la plenitud de Cristo. La caracterización séptuple del Hijo del Hombre es presentada ante las iglesias. No es solo una visión celestial; es un estándar espiritual.
Cada rasgo de Cristo se convierte en un criterio: Sus ojos de fuego examinan.
Hay iglesias con estructuras impresionantes pero sin el carácter de Cristo. Otras, sencillas, pero llenas de su presencia y amor.
El fuego da poder para el testimonio
Apocalipsis 1:9-10 dice: “Yo, Juan… estaba en el Espíritu en el día del Señor”. Juan estaba exiliado en Patmos, aparentemente derrotado. Pero allí, en el Espíritu, recibió la mayor revelación.
El fuego del Espíritu no depende de circunstancias; arde en cualquier lugar.
La iglesia primitiva transformó el mundo porque estaba encendida. No tenían recursos modernos, pero tenían fuego espiritual. Donde el Espíritu arde, el creyente se vuelve un testigo vivo. Su vida impacta, su palabra tiene autoridad y su presencia lleva luz.
El poder no está en la elocuencia, sino en la unción.
El fuego del Espíritu da poder para el testimonio. Purifica el corazón, enciende el espíritu con poder para testificar y se manifiesta visiblemente, como en Hechos 2:3, 10:44-46 y 19:6.
El fuego y el bautismo con Espíritu Santo
Juan el bautista apuntaba a Jesús como Dios cuando decía que uno que vendría detrás de él “bautizará con el Espíritu Santo y fuego” (Lc. 3:16).
Mateo 3:11 dice literalmente: «Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego» (ἐν πνεύματι ἁγίῳ καὶ πυρί). Pero los evangelios paralelos aclaran la estructura: Marcos 1:8: «Él os bautizará con Espíritu Santo»; Lucas 3:16: «Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego»; Juan 1:33: «Este es el que bautiza con Espíritu Santo».
Lo decisivo es Hechos 1:5 y Hechos 2:3-4, donde se cumple la promesa: Hechos 1:5: Jesús dice: «Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo dentro de pocos días».
Hechos 2:3-4: En Pentecostés aparecen «lenguas como de fuego» (γλῶσσαι ὡσεί πυρός) y todos son «llenos del Espíritu Santo».
Obsérvese que Lucas, el mismo autor que en su evangelio escribió «Espíritu Santo y fuego», en Hechos identifica el cumplimiento de esa promesa con el descenso visible de fuego sobre los 120 discípulos arrepentidos y creyentes.
No hay ninguna mención de juicio en Pentecostés; todo es bendición, poder y santidad.
El fuego de Mateo 3:11 y el fuego del juicio
La Biblia utiliza el fuego con más de un sentido. El fuego ha sido muchas veces un instrumento del juicio de Dios (Números 11:1, 3; 2 Reyes 1:10, 12) y una señal de Su poder (Jueces 13:20; 1 Reyes 18:38).
Por eso, algunos teólogos afirman que el bautismo con fuego se refiere a juicio, no a bendición. El contexto de Mateo 3 incluye un llamado al arrepentimiento, la ira venidera de Dios, el hacha del juicio y la paja quemada en el fuego que nunca se apagará.
Sin embargo, el fuego de Mateo 3:11 no puede reducirse a juicio, porque el Espíritu Santo mismo, inspirando a Lucas, lo aplica al don positivo del Espíritu en el día de Pentecostés.
En Lucas 3:15-18 hay un solo bautismo mesiánico prometido: el bautismo en Espíritu Santo y fuego. Ese bautismo es presentado como la buena nueva central del mensaje de Juan.
El fuego del juicio es una consecuencia secundaria para los impenitentes, pero no es el mismo “fuego” del cual nos habla el versículo 16, el cual forma parte del bautismo prometido para quienes reciban al Mesías.
El fuego como juicio es para los impíos, el fuego santificador es para los creyentes.
El Espíritu y el fuego como una sola realidad
En griego tenemos un solo artículo para dos sustantivos unidos por καί: ἐν πνεύματι ἁγίῳ καὶ πυρί. Según la regla de Granville Sharp y el uso normal del griego koiné, cuando dos sustantivos en el mismo caso están unidos por καί y solo el primero lleva artículo, se refieren a una sola realidad o a dos aspectos de la misma realidad.
Por tanto, «Espíritu Santo y fuego» es un bautismo único con dos dimensiones: el Espíritu que viene acompañado de manifestaciones ígneas.
No son dos bautismos distintos, uno para los salvos y otro para los réprobos. El mismo Cristo imparte un solo bautismo en el Espíritu que incluye el elemento fuego como señal visible y purificadora.
El fuego en el altar y la vida del creyente
Por razones obvias, el fuego fue un elemento importante para los sacrificios del Antiguo Testamento. El fuego en el altar de las ofrendas fue un regalo divino, habiendo sido encendido originalmente por Dios Mismo (Levítico 9:24).
Dios encargó a los sacerdotes que mantuvieran Su fuego encendido continuamente (Levítico 6:13) y les aclaró que el fuego de cualquier otra procedencia era inaceptable (Levítico 10:1-2).
Como en un altar antiguo, el fuego debía mantenerse encendido continuamente (Levítico 6:12-13). Así también el creyente debe cuidar la llama espiritual.
En el Nuevo Testamento, el altar puede servir como una imagen de nuestro compromiso con el Señor. Como creyentes en Jesucristo, somos llamados a ofrecer nuestros cuerpos como “sacrificios vivos” (Romanos 12:1), consumidos por el divino don: el inextinguible fuego del Espíritu Santo.
Cómo se mantiene encendido el fuego del Espíritu
El fuego del Espíritu se mantiene vivo mediante los medios de gracia: oración, Palabra, obediencia y testimonio.
2 Timoteo 1:6 dice: “Aviva el fuego del don de Dios que está en ti”. Romanos 12:11 exhorta: “Fervientes en espíritu, sirviendo al Señor”. Hechos 2:3-4 presenta el fuego del Espíritu en Pentecostés.
Cuando dejamos de orar, de leer la Palabra, de adorar o de testificar, el fuego comienza a debilitarse. La vida espiritual no puede sostenerse sin alimento.
Muchos creyentes no pierden la fe de repente; la pierden lentamente, por descuido espiritual.
Dedica tiempo diario a contemplar a Cristo en la Palabra y oración. Pide al Espíritu que te lo revele nuevamente hasta que tu corazón vuelva a arder.
Aparta tiempos de oración intensa. No solo ores por necesidad, ora hasta que tu corazón vuelva a arder por Dios.
Pide diariamente ser lleno del Espíritu. Antes de hablar a otros de Cristo, busca ser lleno de su fuego.
El peligro de apagar el fuego del Espíritu
La Escritura nos advierte con una frase breve pero poderosa: “No apaguéis al Espíritu” (1 Tesalonicenses 5:19). Esta exhortación no está dirigida a incrédulos, sino a creyentes.
El fuego del Espíritu puede ser apagado no porque el Espíritu abandone al creyente, sino porque su obra es suprimida, ignorada o resistida.
Apagar el Espíritu significa extinguir el fuego.
Así como un fuego natural se apaga cuando le falta combustible o cuando se le arroja agua, el fuego espiritual se apaga de dos maneras principales.
La falta de alimento espiritual
Primero, se apaga cuando falta el combustible espiritual. Cuando dejamos de orar, de leer la Palabra, de adorar o de testificar, el fuego comienza a debilitarse.
La vida espiritual no puede sostenerse sin alimento. Muchos creyentes no pierden la fe de repente; la pierden lentamente, por descuido espiritual.
El pecado deliberado
Segundo, el fuego se apaga por el pecado deliberado. “Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios” (Efesios 4:30).
La crítica constante, la dureza del corazón, la desobediencia y la falta de amor ahogan el fuego del Espíritu.
También se apaga cuando resistimos lo que Dios quiere hacer de una manera nueva en nuestra vida o en la Iglesia.
La buena noticia es que el fuego puede reavivarse. Dios nunca ordenaría “no apagar” si fuera imposible obedecer.
Si has apagado el fuego por pecado o descuido, este es el momento de confesar, arrepentirte y volver a la comunión con el Espíritu.
1 Tesalonicenses 5:19 dice: “No apaguéis al Espíritu”. Efesios 4:30 dice: “No contristéis al Espíritu Santo”. 1 Juan 1:9 declara: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar”.
El fuego prepara a la Iglesia para la venida de Cristo
Apocalipsis 1:7 declara: “He aquí que viene con las nubes”. El Apocalipsis no solo revela el presente, revela el final.
Cristo viene por una iglesia encendida, no dormida. El fuego del Espíritu mantiene a la iglesia vigilante. Donde el fuego se apaga, la iglesia se duerme espiritualmente. Pero donde arde, hay expectativa y santidad.
Cada generación enfrenta la misma pregunta: ¿Qué hará con todo lo que Dios le ha dado?
El Señor busca una iglesia encendida. Sin ese fuego, el candelabro puede ser quitado. Con ese fuego, la iglesia permanece como testimonio vivo.
Vive cada día con expectativa del regreso de Cristo. Mantén tu vida espiritual encendida mediante oración, santidad y obediencia.
El fuego de Cristo transforma y envía
El fuego del Espíritu Santo puede incendiarnos el corazón, inflamándolo de amor, paz, justicia, perdón. Jesús dijo: “He venido a traer fuego a la tierra, y ¡cuánto desearía que ya estuviera ardiendo”. (Lc 12, 49).
Lee en tu Biblia: Lucas 12:49-56.
En primer lugar creo que el fuego que describe el pasaje no es destructivo, más bien todo lo contrario.
El profeta Malaquías dice por el Mesías: “llegará como un fuego, para purificarnos, como quien purifica la plata y el oro”.
No es un fuego que destruye, sino uno que purifica.
Cuando los campos no son más que pastos secos e inútiles, se los queman y así se renuevan y se vuelven útiles. Así también Jesús con su fuego puede transformarnos y hacernos útiles para su misión.
Lo recibimos en nuestro Bautismo y Confirmación; ya tenemos ese fuego, ahora ¡hemos de mantenerlo!
No vivas de cenizas espirituales; vive encendido por el Espíritu.

Una decisión ante el fuego de Dios
Porque hemos sido limpiados del pecado por la sangre de Jesús, cuando nos acercamos al fuego son las impurezas las que están siendo quemadas y no nosotros.
Sin embargo, no es sabio no poner atención a este fuego, porque aunque el fuego consume los pecados y no a los hijos, los que no han hecho un decisión por Él serán consumidos (Ap. 21:8).
La mera presencia del Señor nos agobia. Esta es la razón por la que somos transformados cuando realmente vemos a nuestro Dios en las Escrituras. ¡Nadie puede ver al Señor, ni aun de lejos, y seguir siendo igual!
La presencia del Señor es terrible porque somos pecadores y vivimos en un mundo lleno de tinieblas.
Éxodo 19:18 nos muestra al Señor descendiendo sobre el monte Sinaí y leemos que “todo el monte Sinaí humeaba, porque el Señor había descendido sobre él en fuego; el humo subía como el humo de un horno, y todo el monte se estremecía con violencia”.
El pecador será consumido por Dios; la pregunta es si lo voy a dejar purificarme porque tengo la cobertura de Jesucristo, o si seré destruido con el pecado que mora en mi.
Esta es una decisión que todos tenemos que tomar.
Una vida encendida por el Espíritu
El Espíritu Santo es fuego: fuego que purifica, que enciende, que transforma. Pero ese fuego debe ser alimentado y protegido.
No resistamos su llegada, no contristemos su presencia y no apaguemos su obra. Hoy es día de avivamiento personal. Hoy es día de encender nuevamente el altar. Hoy es día de vivir llenos del Espíritu y de su fuego.
El fuego del Espíritu ilumina nuestro entendimiento, calienta el corazón, congrega a la Iglesia, fortalece la fe, purifica el pecado, prueba las obras, forma a Cristo en nosotros y nos da poder para testificar.
Por lo tanto, vale la pena dejarse tocar por el fuego del Espíritu Santo. El dolor que nos produce es necesario para nuestra transformación.
Por eso, iluminados y confortados por estas palabras de vida, elevamos nuestra invocación: ¡Ven, Espíritu Santo! ¡Enciende en nosotros el fuego de tu amor!
Sabemos que esta es una oración audaz, con la cual pedimos ser tocados por la llama de Dios; pero sabemos sobre todo que esta llama -y sólo ella- tiene el poder de salvarnos.
ADORACIÓN ESPECIAL DE PENTECOSTÉS 🔥 ¡VEN, ESPÍRITU SANTO, CON TODO TU PODER!
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