El agua depurada vertida en un río no es necesariamente peligrosa: cuando recibe un tratamiento adecuado, cumple las condiciones de autorización y se controla de forma periódica, puede devolverse al medio ambiente sin causar daños significativos y, en algunos casos, contribuir a mantener el caudal ecológico. Sin embargo, la depuración no convierte automáticamente cualquier agua residual en agua potable ni elimina siempre todos los contaminantes.
El riesgo depende de la eficacia del tratamiento, de la composición del agua residual, del estado del río receptor y del cumplimiento de los límites establecidos. Los vertidos sin depurar o insuficientemente depurados siguen siendo una de las principales causas del deterioro de las masas de agua, mientras que los tratamientos convencionales no siempre eliminan por completo contaminantes emergentes como residuos farmacéuticos, microplásticos, determinados productos químicos, nutrientes y metales pesados.
Qué significa que un agua esté depurada
La depuración de aguas residuales comprende un conjunto de procesos físicos, químicos y biológicos. El objetivo principal de dichos procesos es eliminar los contaminantes presentes en las aguas residuales. Y además, volver a liberarlas al medio ambiente en condiciones ecológicamente sostenibles, reutilizarlas y prolongar su vida útil.
En estas estaciones mediante procesos físicos, químicos y biológicos se eliminan las sustancias contaminantes presentes en este tipo de aguas, obteniendo un efluente que en algunos casos puede ser reutilizado y en otros simplemente vertido a los ríos y mares sin causar daños significativos, contribuyendo a mantener el caudal ecológico en muchos ríos de las cuencas más secas de España.
El agua obtenida después del tratamiento puede recibir distintos usos; a esta agua se le llama agua regenerada y es uno de los grandes beneficios de la depuración ya que reincorpora importantes volúmenes de agua al ciclo hidrológico. La reutilización de las aguas a gran escala se realiza mediante riego en agricultura y es frecuente en regiones áridas y semiáridas como el sureste español.
Es importante distinguir entre agua depurada, agua regenerada y agua potable. El agua depurada es el efluente que ha pasado por procesos destinados a reducir la contaminación; el agua regenerada es aquella que puede aprovecharse para determinados usos conforme a los requisitos aplicables; y el agua potable es la que reúne las condiciones sanitarias necesarias para beber, cocinar y utilizarse en la higiene personal.
Por qué las aguas residuales pueden ser peligrosas
Las aguas residuales domésticas son las provenientes de los hogares, es decir, las aguas producidas por el metabolismo humano y las actividades domésticas cotidianas. En definitiva, el agua que consumes mientras te duchas, te lavas los dientes, friegas los platos y cuando tiras de la cadena del inodoro, son aguas que automáticamente pasan a ser residuales.
Estas se dividen entre grises, que son de baja contaminación y procedentes de duchas, lavabos, bañeras y lavadoras, y negras, que provienen del inodoro y que contienen materia fecal. También existen aguas residuales industriales y aguas pluviales que, aunque inicialmente pueden estar limpias, recogen contaminantes del suelo y terminan colándose en el sistema de alcantarillado.
Las aguas negras son aquellas que contienen materia orgánica, microorganismos, nutrientes como nitrógeno y fósforo, productos domésticos, residuos y, en ocasiones, sustancias químicas. Si se vierten sin un proceso de depuración adecuado, provocan múltiples impactos negativos en el medio ambiente, la salud humana y el entorno local.
Los principales componentes contaminantes son la materia orgánica y los demandantes de oxígeno, los nutrientes como nitrógeno y fósforo, los patógenos como bacterias, virus y protozoos, las sustancias químicas y productos farmacéuticos, y los sólidos en suspensión y metales pesados.
Qué ocurre si el vertido no está suficientemente depurado
Verter aguas negras sin tratamiento implica introducir muchos contaminantes directamente al ecosistema receptor, lo que inicia una cadena de efectos negativos. No tratar aguas negras correctamente conduce a eutrofización, pérdida de especies, contaminación subterránea y efectos tóxicos acumulativos.
Reducción del oxígeno y eutrofización
La DBO es una medida de la cantidad de oxígeno disuelto consumido por los microorganismos para la oxidación de materia orgánica. Cuanto mayor es el nivel de materiales oxidables orgánicos, más elevada es la DBO y peor es la calidad del agua.
Cuando las aguas residuales sin depurar llegan a ríos, lagos o zonas costeras, los nutrientes, especialmente nitrógeno y fósforo, favorecen el crecimiento excesivo de algas. Esto desencadena eutrofización: el agua se “asfixia”, disminuye el oxígeno disponible y muchas especies acuáticas mueren.
El vertido de aguas cargadas de nitrógeno y fósforo a los ríos está produciendo un proceso de eutrofización, es decir, un crecimiento anormal de algas, plantas acuáticas y microorganismos de diferentes clases en algunas zonas más sensibles de nuestros ríos. Esto ejerce una fuerte demanda de oxígeno, la cual afecta negativamente la vida de los peces y tiene un impacto negativo en el uso de esa agua.
Patógenos y riesgos sanitarios
Vertidos mal tratados pueden transportar patógenos, como bacterias, virus y parásitos, y generar brotes de enfermedades gastrointestinales, infecciones cutáneas o enfermedades vectoriales. La contaminación del agua pone en peligro la salud de millones de personas en el mundo.
La contaminación biológica está causada por bacterias, virus y parásitos producto de desechos humanos y animales. Los principales contaminantes del agua incluyen bacterias, virus, parásitos, fertilizantes, pesticidas, fármacos, nitratos, fosfatos, plásticos, desechos fecales y hasta sustancias radiactivas.
Sustancias químicas, metales y fármacos
Sustancias químicas, metales pesados o fármacos presentes en las aguas negras pueden acumularse en organismos acuáticos, como peces y moluscos. Esto genera efectos tóxicos, enfermedades o alteraciones reproductivas.
Los residuos farmacéuticos también llegan a contaminar el medio acuático, sobre todo a través de aguas residuales urbanas e industriales, y los tratamientos convencionales no siempre los eliminan por completo. Algunos de los contaminantes persistentes son compuestos derivados de los productos narcóticos, agroquímicos, productos del cuidado personal y sustancias de la industria alimentaria, como la cafeína.
El vertido de fármacos a las aguas es en parte inevitable, ya que es una consecuencia de nuestro propio consumo. Nuestros riñones trabajan para excretar las sustancias “inservibles” de nuestro organismo. Pero no solo los humanos somos responsables de estos hechos; animales de granja, vertidos industriales o fármacos tirados a la basura, también aumentan los niveles farmacológicos de las aguas.
En más del 19% de las regiones analizadas la presencia de antibióticos era tan alta que podía estimular el desarrollo de bacterias resistentes. Estas bacterias están consideradas por la OMS como una de las principales amenazas contra la salud pública, y que es reconocida como una “pandemia silenciosa” que causó más de un millón de muertes en el mundo en 2019.
Los fármacos psicoactivos pueden afectar a especies no objetivo. La ingesta de antidepresivos por estas especies puede afectar a su capacidad de socializar, alterar sus patrones de alimentación, rutas migratorias e incluso su apareamiento.
Contaminación de acuíferos
En zonas con filtraciones o suelo permeable, las aguas negras pueden infiltrar hacia acuíferos. Esto contamina fuentes de agua subterránea, con riesgo para captaciones de agua potable.
También la sobreexplotación de las aguas subterráneas genera impactos en los ríos, ya que ríos y acuíferos están relacionados. Las extracciones excesivas de agua de los ríos y acuíferos alteran los ecosistemas fluviales.
Cómo se depura el agua antes de devolverla al río
Es preciso que las aguas residuales sean transportadas y tratadas adecuadamente. Se necesita una infraestructura específica compuesta de alcantarillas y colectores, y de unas instalaciones denominadas Estaciones de Depuración de Aguas Residuales, EDAR, que permitan mejorar las condiciones de las aguas residuales para que puedan ser vertidas a los cauces naturales del agua.
Pretratamiento
En primer lugar el agua residual es sometida a un pretratamiento que consiste en eliminar los sólidos de mayor tamaño mediante rejas o filtros que retiran los elementos de gran tamaño. En este proceso, además de comenzar la limpieza del agua, se evita la obstrucción de las bombas y maquinarias presentes en la estación.
El desbaste elimina los sólidos de mayor tamaño mediante pozos de gruesos, rejas y tamices. En el desarenado se eliminan los restos de arenas, ya sea por decantación natural o por separación por inyección de aire o centrifugado. En el desengrasado se eliminan aceites y grasas en forma de espumas flotantes.
Tratamiento primario
Seguidamente el agua se somete a un tratamiento primario. Se entiende por tratamiento primario a aquel proceso o conjunto de procesos que tienen como misión la separación por medios físicos de las partículas en suspensión que no fueron eliminadas en el pretratamiento.
En este paso se reducen en un 50-85% los sólidos en suspensión y en un 20% la DBO. En plantas convencionales el tratamiento primario se realiza por decantación, es decir, los sólidos precipitan al fondo de la cuba y un puente móvil con unas rasquetas en el fondo barre la cuba eliminando los sólidos decantados y los dirige a línea de fangos mediante purgas.
Tratamiento secundario o biológico
El agua obtenida en este paso es conducida al tratamiento secundario o tratamiento biológico, en el que se reduce un 90% los sólidos en suspensión y en un 70-90% la DBO, obteniendo un agua de bastante calidad.
La depuración en este paso se basa en la oxidación de la materia orgánica por parte de los microorganismos presentes en las cubas, esta oxidación se ve incrementada por el aporte de oxígeno mediante turbinas o difusores presentes en el interior de las balsas.
Uno de los sistemas más extendidos y eficaces son los fangos activos. Estos consisten en desarrollar un cultivo de microorganismos que junto con la materia orgánica forman la unidad básica de estos sistemas: el flóculo.
Después de un tiempo de contacto suficiente, 5-10 horas, el licor de mezcla se envía a un clarificador o decantador secundario, destinado a separar el agua depurada de los fangos. Un porcentaje de estos últimos se recirculan al depósito de aireación para mantener en el mismo una concentración suficiente de biomasa activa.
Los microorganismos presentes, bacterias, protistas y pequeños metazoos, además de colaborar en la formación del flóculo y en el proceso de descontaminación, nos ayudan a conocer el nivel de depuración. Estos organismos se denominan bioindicadores ya que suelen aparecer bajo unas condiciones concretas como puede ser deficiencia de oxígeno, de nutrientes, exceso de cargas, etc.
Tratamiento terciario
Tras obtener el efluente de esta etapa, éste se somete a un tratamiento terciario, que puede consistir en un proceso biológico, físico-químico que utiliza la precipitación, filtración y/o la cloración para reducir drásticamente los niveles de nutrientes inorgánicos, especialmente los fosfatos y nitratos del efluente final.
Este tratamiento no está presente en todas las depuradoras, pero será obligatorio su implantación a partir de 2012, en aquellas zonas con riesgo de eutrofia. La necesidad de tratamientos adicionales depende de los contaminantes presentes, del uso previsto del agua regenerada y de la sensibilidad del medio receptor.
Además de la línea de aguas, en estas estaciones de tratamiento existe una línea de fangos, ya que a través de este proceso tanto en la decantación primaria como en la secundaria obtenemos fangos por sedimentación que siguen paralelamente un tratamiento para eliminar su capacidad de fermentación y deshidratarlos reduciendo así su volumen.
Cuándo puede considerarse seguro un vertido
Un vertido puede considerarse ambientalmente aceptable cuando el agua residual ha recibido el tratamiento necesario, el efluente cumple las condiciones establecidas, existe autorización administrativa y se controla de forma periódica el cumplimiento de los parámetros. La seguridad no depende únicamente de que el agua sea transparente o no tenga mal olor.
Los contaminantes no siempre tiñen el agua, haciendo que la contaminación hídrica resulte invisible en muchas ocasiones. Por esta razón, se suele recurrir al análisis químico de pequeñas muestras y organismos acuáticos para conocer el estado de la calidad del agua.
El titular de una autorización de vertido está obligado a cumplir las condiciones fijadas en la autorización y acreditar de forma periódica que las cumple. También tiene la obligación de comunicar a la Administración competente cualquier cambio en las condiciones del vertido.
La realización de vertidos sin la preceptiva autorización o el incumplimiento de las condiciones de la autorización conlleva el correspondiente expediente sancionador, la liquidación de un canon de control de vertidos y, si el vertido causa un daño sustancial a la calidad de las aguas, puede suponer un delito contra el medio ambiente.
Qué factores aumentan el peligro para el río
Vertidos insuficientemente depurados
A pesar del esfuerzo realizado en las últimas décadas por las administraciones y el resto de los sectores implicados para mejorar las condiciones de los vertidos de aguas residuales a los ríos, estos vertidos, sin depurar o insuficientemente depurados, de origen urbano o industrial, siguen siendo una de las principales causas del deterioro de las masas de agua en la cuenca cantábrica.
La contaminación puntual por vertidos de aguas residuales y la contaminación difusa procedente de la agricultura, minería, suelos contaminados y otras fuentes son una de las principales causas del deterioro de nuestros ríos.
Caudal reducido y poca capacidad de dilución
Las captaciones de aguas de los ríos producen la alteración de su régimen de caudales. Esto conlleva el aumento de la duración de los periodos de caudales mínimos y su frecuencia, causando el descenso de los niveles freáticos.
La alteración del funcionamiento y estructura de los ecosistemas fluviales provoca reducción de los hábitats y comunidades fluviales, empeoramiento de la calidad del agua y cambio de la morfología de los cauces. Un vertido que podría ser tolerable en un río con suficiente caudal puede causar un impacto mayor cuando el río presenta caudales mínimos.
Alteraciones físicas del río
Los azudes y las presas alteran el funcionamiento natural del río, ya que impiden la continuidad de los flujos de agua, sedimentos, nutrientes, materia orgánica y organismos en los ríos. Impiden el movimiento de organismos acuáticos, afectan sobre todo a las especies migratorias, afectan a la dinámica de sedimentos, producen desequilibrios y procesos de erosión, y fragmentan hábitats fluviales.
Las obras de defensa contra inundaciones, que suponen la alteración de las riberas naturales de los ríos, y en ocasiones de su lecho, modifican la dinámica natural del río, alteran los hábitats fluviales y, además, agravan los daños por inundación aguas abajo.
Contaminación difusa
También supone una presión sobre nuestros ríos la contaminación difusa producida por las actividades agrícolas, ganaderas y mineras, las infraestructuras viarias y los suelos contaminados, la procedente de los residuos que se abandonan en los ríos o cerca de ellos, como neumáticos, plásticos y colillas, y la contaminación atmosférica.
La contaminación química puede estar producida por pesticidas, fertilizantes y metales pesados. La contaminación física se produce por la presencia de plásticos, sedimentos y residuos que dañan a los ecosistemas. La contaminación térmica es causada por el vertido de agua caliente de las fábricas a ríos y lagos, aniquilando a la fauna marina.
Especies invasoras y cambio climático
Las especies invasoras producen efectos graves sobre las especies autóctonas, al ocupar su área de distribución y, en algunos casos, poder hibridar con ellas. Afectan a la estructura y función de los ecosistemas mediante la alteración de los hábitats, la depredación, la competencia y la transmisión de enfermedades.
En relación con los ríos, al aumentar las temperaturas y disminuir las precipitaciones disminuye la cantidad de agua que llevan lo que, a su vez, tiene un impacto sobre las características físicas del río, la calidad del agua y, finalmente, sobre los hábitats y especies del río.
El cambio climático disminuye los recursos hídricos, la calidad del agua e incrementa la frecuencia e intensidad de las sequías e inundaciones. Estas condiciones pueden reducir la capacidad de los ríos para asimilar cargas contaminantes y aumentar la sensibilidad de los ecosistemas.
El estado actual de los ríos y la importancia del control
De acuerdo con el último informe de la Comisión Europea sobre la aplicación de la Directiva Marco del Agua solo el 39,5% de las masas de agua superficial en la UE están en buen estado ecológico. En cuanto al estado químico, solo el 26,8% de las aguas superficiales de la UE cumplen con los estándares de calidad química, una reducción respecto al 33,5% registrado en 2015.
En el documento de trabajo específico para España, se recoge que solo el 58% de las masas de agua superficiales alcanza el buen estado ecológico. Las principales presiones que afectan a los cuerpos de agua superficial son la contaminación difusa procedente de la agricultura, la contaminación puntual por vertidos de aguas residuales urbanas y las modificaciones hidromorfológicas en nuestros ríos.
La ocupación masiva de las vegas fluviales, la construcción de canalizaciones, escolleras, motas, azudes y presas, la sobreexplotación del agua y la contaminación puntual o difusa actúan conjuntamente. Por ello, evaluar un vertido exige analizar no solo la calidad del efluente, sino también la calidad previa del río, su caudal, sus hábitats y la acumulación de otras presiones.
Marco legal del vertido de aguas residuales en España
A los efectos de la Ley de Aguas, se consideran vertidos los que se realizan directa o indirectamente en las aguas continentales, así como en el resto del dominio público hidráulico con independencia de cualquiera que sea el procedimiento o la técnica utilizada.
El vertido de aguas residuales queda prohibido con carácter general salvo que se trate con una autorización administrativa previa. Para realizar vertidos de aguas residuales que puedan contaminar el dominio público hidráulico, como ríos y aguas subterráneas, es necesario contar con autorización de vertidos.
Las autorizaciones les corresponde otorgarlas a la administración hidráulica competente, salvo en los casos de vertidos efectuados en cualquier punto de la red de alcantarillado o de colectores gestionados por las Administraciones autonómicas o locales o por entidades dependientes de las mismas.
Entre las principales normativas en materia de vertido de aguas residuales se encuentran la Ley de Aguas, el Reglamento del Dominio Público Hidráulico, el Real Decreto-Ley 11/1995 de 28 de diciembre, el Real Decreto 509/1996 de 15 de marzo, el Real Decreto 1620/2007, el Real Decreto 1085/2024 y la normativa aplicable a las autorizaciones ambientales y al control integrado de la contaminación.
La normativa establece que no se permitirán vertidos al dominio público hidráulico cuando exista la posibilidad de conectarse a la red municipal de alcantarillado. Cuando el vertido afecte directa o indirectamente a aguas subterráneas y el Organismo de cuenca lo considere necesario, podrá exigirse un estudio hidrogeológico previo.
Qué no debe confundirse con un vertido seguro
El agua depurada no debe confundirse con agua potable. La depuración reduce la carga contaminante y puede permitir que el agua se devuelva al río o se reutilice para determinados fines, pero el agua destinada al consumo humano debe cumplir requisitos sanitarios específicos y someterse a procesos de potabilización.
Los tratamientos convencionales tampoco eliminan necesariamente todos los contaminantes emergentes. La enorme cantidad de contaminantes procedentes de los medicamentos hace muy difícil o casi imposible encontrar reactivos que los eliminen por completo del agua que bebemos.
El aspecto visual tampoco basta para determinar la seguridad. Un efluente transparente puede contener nutrientes, microorganismos, sustancias farmacéuticas, metales, sales o compuestos disueltos que solo pueden detectarse mediante análisis.
Un río tampoco se beneficia de cualquier vertido por el simple hecho de que el agua haya pasado por una depuradora. La aportación de agua puede contribuir al caudal ecológico en algunos ríos, pero si el efluente contiene una carga contaminante excesiva o altera las condiciones físicas y químicas del cauce, puede agravar el deterioro del ecosistema.
Cómo se puede reducir el riesgo ambiental
La depuración de las aguas residuales persigue una serie de objetivos entre los que se encuentran reducir al máximo la contaminación de los cauces naturales del agua, protegiendo así el medio ambiente, y aprovechar los residuos obtenidos, haciendo un uso más sostenible de los recursos hidráulicos.
Una regulación más exigente y un control riguroso de los vertidos son la base para reducir la contaminación. Esto implica establecer normas más estrictas sobre los límites de contaminantes para industrias y actividades agrícolas, así como garantizar su cumplimiento mediante inspecciones frecuentes y sanciones efectivas.
Existe una necesidad urgente de investigación y nuevas tecnologías que mejoren el tratamiento de las aguas residuales. Los nuevos contaminantes emergentes evidencian que esta investigación es vital para comprender su naturaleza y las consecuencias que éstos tienen en el medio ambiente.
La monitorización en tiempo real con sensores inteligentes, telemetría y plataformas IoT permite detectar contaminación al instante, anticipar picos de carga y definir dosis de tratamiento de manera eficiente. La tecnología de filtración por membranas no solo ha reducido los riesgos de salud y medioambiente asociados a las aguas residuales, sino que también ha abierto nuevas vías como la reutilización potable.
La economía circular hídrica, a diferencia del enfoque lineal tradicional de captar, usar y desechar, propone cerrar el ciclo del agua, minimizando el consumo de recursos hídricos vírgenes, reduciendo la contaminación y generando valor añadido a partir del tratamiento y reaprovechamiento del agua.
También es necesario reducir la contaminación en origen. Los aceites y grasas que son tirados en cualquier parte sin tomar en cuenta las precauciones para su manejo representan dos de los principales contaminantes que deterioran nuestro medio ambiente ya que un litro de aceite usado es capaz de contaminar un millón de litros de agua.
Los medicamentos no deben desecharse por el inodoro ni por los desagües. La separación adecuada de los residuos, el uso responsable del agua y la prevención de vertidos domésticos innecesarios reducen la carga que llega a las depuradoras y mejoran la calidad del efluente final.
La respuesta, por tanto, depende de las condiciones concretas: el agua depurada vertida en un río puede ser segura para el ecosistema cuando ha sido tratada correctamente, cumple la autorización y se somete a controles; pero puede resultar peligrosa cuando está insuficientemente depurada, contiene contaminantes persistentes, se vierte sin autorización o llega a un río especialmente vulnerable por su bajo caudal y su mal estado ambiental.

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