Cómo se purificó María después del parto según la tradición cristiana

Según la tradición cristiana, María acudió al Templo de Jerusalén cuarenta días después del nacimiento de Jesús para cumplir la ley de Moisés, presentar a su Hijo primogénito ante Dios y ofrecer el sacrificio previsto para la purificación después del parto.

Aunque la tradición sostiene que María era pura, permanecía virgen y estaba libre de pecado, ella aceptó humildemente una ceremonia que, en sentido estricto, no necesitaba para sí misma. Ofreció dos tórtolas o dos pichones, la ofrenda establecida para las familias pobres, mientras Jesús era presentado al Señor y rescatado conforme a la ley.

El fundamento de la purificación después del parto

La Ley de Moisés contemplaba de manera precisa lo que una mujer judía como María debía hacer: "Cuando una mujer conciba y tenga un hijo varón, quedará impura durante siete días; será impura como en el tiempo de sus reglas. Al octavo día será circuncidado el niño en la carne de su prepucio; pero ella permanecerá todavía 33 días purificándose de su sangre. No tocará ninguna cosa santa ni irá al santuario hasta cumplirse los días de su purificación”.

De este modo, 40 días después del parto la Virgen cumplió con la ley judía, a la vez que el niño Jesús era presentado en el templo.

La ley de Moisés decía que la mujer, después del parto, continuaba legalmente, en un estado que la ley llamada “impuro”. Ordenaba que durante ese periodo no debía mostrarse en público ni tocar nada consagrado a Dios.

Cuarenta días después del nacimiento de un hijo varón (80 de una hija), la madre debía purificarse en el templo y dejar allí su ofrenda.

Qué significaba el rito

Debía dejar en el templo un cordero y una paloma: el cordero simbolizaba el reconocimiento de la soberanía de Dios y se ofrendaba en acción de gracias por el feliz nacimiento. El ave se ofrecía para purificación del pecado… Consumado el sacrificio, la mujer quedaba limpia de la impureza legal.

En el caso de la gente pobre, no se exigía el cordero, sino dos palomas o tórtolas.

El Evangelio de San Lucas resume así la práctica: «Y pasados los días de su purificación, según la ley de Moisés, le llevaron (a Jesús) a Jerusalem para presentarle al Señor, conforme a lo que está escrito en la ley del Señor, que todo varón primogénito será consagrado al Señor, y para ofrecer en sacrificio, según lo que está mandado en la ley del Señor, dos tórtolas o pichones».

Por qué María aceptó purificarse

Sabemos que Cristo fue concebido sin mancha de pecado y que sus Madre permanecía Virgen. Por eso, a ella evidentemente no le correspondía esta disposición de la ley.

Sin embargo, a los ojos del mundo, le obligaba el mandato. Y entonces, con toda humildad, como María es obediente en todo al Dios de su pueblo, se somete a esta ceremonia tradicional y hace la ofrenda de los pobres: dos palomas.

El mismo día de la Presentación de Jesús en el Templo se celebra la Purificación de la Virgen. Aunque era pura por nacimiento y libre de pecado siguió al pie de la letra la ley judía.

María pudo haber excusado la humillante ceremonia de la purificación, siendo, como era, Madre de toda pureza, pero esto sólo lo sabía Ella y su esposo José y nadie más; causa era bastante para tranquilizar su conciencia, mas no para evitar el escándalo que pudiera producir la infracción de la ley.

Además, María era enemiga de privilegios y de singularizarse y que encubría la santidad más eminente bajo las más vulgares apariencias; ¿había de llamar la atención eximiéndose de cumplir la ley?

¿Su Hijo Dios se había sometido a la ley de la circuncisión, más dolorosa y humillante, y Ella había de querer exceptuarse del precepto de la purificación después del parto?

Creo que estas razones que a nosotros nos ocurren, ni siquiera pasaron por la mente de María, pues que en su humildad altísima, ni aun se le ocurriría que pudiera quedar exceptuada de la ley común.

La preparación del viaje a Jerusalén

Iban ya a cumplirse los cuarenta días que la ley mosaica prescribía de aislamiento y reposo después del parto a la mujer israelita, prescripción sabia consignada en el Levítico, y que demuestra el concepto de sus acertadas disposiciones, aun en el terreno de la higiene.

Pero este aviso no podía ponerse en práctica sin antes cumplir con el precepto legal de la purificación de la Madre y la presentación del Niño en el templo, y así José determinó marchar directamente a Jerusalem para que María cumpliese con los preceptos de la ley mosaica, y por tanto dejaron la bendita cueva que se había hecho ya objeto de la pública expectación de los belemitas.

Habían pasado más de veintisiete días desde la adoración de los Magos, y María, que se juzgaba en la misma situación que las demás mujeres, deseaba cumplir con la ley y con la otra del Éxodo que mandaba el Señor que le santificasen y ofreciesen todos los primogénitos, y de conformidad con José, no menos cumplidor con los preceptos de la ley, acordaron pasar como hemos dicho a Jerusalem.

En la observancia de estas leyes no sólo no tuvo reparo María, sino deseo en cumplirlas, y en cuanto a sujetarse a su reconocimiento, era un deseo no sólo de obediencia, sino de humillarse, deseo siempre constante en su corazón.

Trató María con José de la jornada que habían de verificar, ordenáronla para estar en Jerusalén en el día determinado por la ley; previnieron lo necesario y después de besar el suelo de la ya santificada cueva, entregó María a José el Niño Dios y le pidió la bendición para la jornada y suplicó a José que se la permitiera hacer a pie y descalza, pues que en sus brazos había de llevar la hostia que se había de ofrecer al Eterno Padre.

No creyó prudente José el consentir con el deseo de María, pues dado el estado de su salud y el tiempo o estación por que atravesaban, era peligroso semejante propósito, que Dios lo aceptaría por su intención aun cuando no lo realizara por la causa expresada.

Obediente como siempre María, atendió los consejos prudentes de su esposo y no realizó su deseo materialmente.

La llegada de María, José y Jesús al Templo

Emprendieron el viaje, primero que hacía completa la Santa Familia y en el paciente jumento, humilde compañero en las fatigas y dolores que había de experimentar aquel Santo Matrimonio, tomaron el camino de Jerusalem, llevando María en sus brazos al divino Niño Dios, que obediente a los preceptos de la ley de su Padre, iba a cumplirla para ejemplo y enseñanza de los hombres.

La misma tarde de la llegada y antes de recogerse en su hospedaje, acordó el matrimonio lo que debía hacerse. Llevaron del mismo por mano de José los dones ofrecidos por los Magos al templo, y compró las tórtolas que al siguiente día habían de ofrecerse públicamente con el Niño Jesús.

Como forastero y apenas conocido José, hizo entrega de los regalos de los Magos, procurando no se advirtiese quién hacía tan gran donativo.

Llegó la mañana siguiente, el 2 de febrero, y prevenidas las tórtolas y las dos velas, tomó María al Niño, y encamináronse al Templo.

En llegando a su puerta, María sintió un estremecimiento, hijo de afectos interiores. ¡Cuántos y grandes acontecimientos habían pasado en pocos meses!

Poco tiempo hacía que había salido virgen del Templo para casarse con un varón tan justo y casto como José, y ahora volvía a entrar en el Templo virgen también y con un hijo en sus brazos.

¡Cuán grande es el Señor en sus altísimos misterios!

María presenta a Jesús en el Templo

La purificación y la presentación de Jesús

¿Pero, a qué iba María al Templo? A adorar y agradecer al Señor tantas bondades, pues iba sobre todo a cumplir, a humillarse y sujetar a su Hijo a una ley que propia y verdaderamente no le correspondía.

Una segunda ley ordenaba ofrecerle a Dios al hijo varón primogénito. Desde la salida de Egipto, todo primogénito era propiedad de Dios. Y tenía que ser rescatado, mediante cierta suma de dinero.

María cumplió también estrictamente con todas estas ordenanzas. En la misma oportunidad, María presentó a Jesús en el templo, por manos del sacerdote, a su Padre Celestial, lo rescató con cinco “shekels”, monedas de plata y lo recibió de nuevo en sus brazos - hasta que el Padre volviera a reclamarlo.

Tomó Simeón al Niño y ofreciólo al Señor y profetizó aquel dolor de que hemos hecho mérito al citar el texto evangélico.

Entonces José entrega los siclos de plata a los sacerdotes de turno en aquel día, y cuyas monedas eran el rescate del primogénito que pasaba ante los ojos del mundo por hijo suyo, y las dos tórtolas ofrenda de los pobres.

Por supuesto, Cristo estaba exento de esa ley, ya que es el Hijo de Dios. Sin embargo quería darnos ejemplo de humildad, obediencia y devoción al renovar públicamente la propia oblación al Padre.

El relato del Evangelio de San Lucas

La narración de estos hechos se completa mutuamente entre San Mateo y San Lucas: omite el primero la presentación de Jesús en el Templo, y en cambio el segundo la relata minuciosamente; narra éste, como hemos visto, la adoración de los Reyes, y la huida a Egipto, y el otro la omite.

Cada uno sigue el hilo de su relación, según el plan y propósito: la presentación del Niño Jesús en el Templo por su santa Madre y la ofrenda de la Purificación, son minuciosamente explicadas por San Lucas, a pesar de la pretendida obscuridad con que se le ha querido señalar por algunos escritores protestantes.

El evangelista San Lucas recoge de manera detallada la presentación de Jesús en el templo, un pasaje de gran belleza y riqueza que esconde verdaderos tesoros.

Este es el pasaje completo del Evangelio de San Lucas: "Cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor.

Y he aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo.

Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor.

Movido por el Espíritu, vino al Templo y cuando los padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: ‘Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel’.

Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de él. Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: ‘Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción - ¡y a ti misma una espada te atravesará el alma! - a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones’.

Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad avanzada; después de casarse había vivido siete años con su marido, y permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro años; no se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones.

Como se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén”.

El encuentro con Simeón

Caminaban ya en demanda de Jerusalem, y sucedió entonces, que Simeón, Sumo Sacerdote, fue ilustrado por el Santo Espíritu de cómo el Verbo humanado iba a presentarse en el Templo en brazos de su Madre.

Revelación que igualmente tuvo la santa viuda Ana la profetisa, hija de Fanuel, y de la pobreza y miseria en que iba a llegar aquella piadosa y santa Familia.

Llamaron al mayordomo del Templo que cuidaba de lo temporal, y dándole las señas de los caminantes, saliese a la puerta del camino de Bethlén y los hospedase en su casa.

Así lo hizo, y encontrando a María, al Niño y José, llevólos a su casa, en donde los hospedó decentemente.

El bendito Simeón recibió en sus brazos al anhelado y alabó a Dios por la felicidad de contemplar al Mesías.

El canto de Simeón, conocido como Nunc Dimittis, es uno de los principales utilizados en la liturgia de la Iglesia.

En la Liturgia de las Horas, concretamente en la oración nocturna de Completas, se proclama cada día.

Dice así: “Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel”.

La profecía de Simeón sobre María

Del mismo modo, las palabras de Simeón a la Virgen avanzaban el terrible sufrimiento que habría de padecer María en la Pasión de Cristo: “¡Y a ti misma una espada te atravesará el alma!”.

Predijo el dolor de María y anunció que se salvarían todos los que creyeran por medio de Cristo.

Finalmente agrega una palabra dirigida directamente a la Sma. Virgen: “A ti una espada te traspasará el alma”.

Su destino estará unido íntimamente con el de su Hijo. Estará a su lado, como compañera y colaboradora de Jesús.

Y llegará un momento culminante, en esa lucha de su Hijo por cumplir su gran misión: un momento que llenará su alma maternal de dolor y de sufrimiento, como una espada le atravesará.

Simeón le anuncia aquí la hora del Calvario que Ella sufrirá al pie de la cruz de su Hijo.

En medio de la gran satisfacción de María en tan solemne acto de su purificación, de su vuelta al Templo que le recordaba los días hermosos y tranquilos de su niñez, el encuentro de Ana la viuda a quien recordaba de los tiempos de su estancia en aquél, el reconocimiento de Simeón y su melancólico canto de profecía que debió herir lo hondo del alma pura de María, la volvieron a la realidad del mundo y a la de un porvenir sombrío y anublado de dolores.

Las palabras de Simeón han herido su alma, han traspasado también su tierno corazón.

El significado cristiano de la Presentación

Jesús es el Salvador, el Mesías esperado. Su misión será salvar a todos los hombres de la servidumbre del pecado.

Y entonces Simeón distingue dos clases de hombres, según la costumbre de aquel tiempo: los paganos y los judíos: Este niño va a ser “luz para alumbrar a los gentiles”, es decir, va a ser el Salvador no sólo de los judíos, sino también de los paganos.

Decir esto y además en el templo mismo de los judíos, fue como un escándalo.

Y en segundo lugar, este niño será también “gloria del pueblo Israel”. Gloria, honor porque el Salvador de todos los pueblos proviene de Israel.

Después Simeón revela las consecuencias que trae la misión de ese niño, su misión de Salvador: “Será causa tanto de caída como de resurrección para muchos”, “será como una bandera discutida”.

Muchos judíos esperan a un Mesías político que los libere de la opresión política de los Romanos. Por eso no podrán aceptar a un Salvador religioso que querrá liberarlos del pecado.

Jesús va a separar los espíritus en su propio pueblo. Va a ser causa de caída para los que no le creen, los que no quieren seguirle, los que no le hacen caso.

Para los que creen en Él, será causa de resurrección, de salvación y de felicidad eterna.

La profetisa Ana

La profetisa Ana también compartió el privilegio de reconocer y adorar al recién nacido Redentor del mundo.

Había también una profetisa llamada Ana hija de Fanuel, de la tribu de Aser, la cual era ya de edad avanzada y había vivido siete años con su marido con quien casó siendo doncella, y había perseverado viuda hasta la edad de ochenta y cuatro años sin salir del Templo donde estaba sirviendo de noche y de día, ayunando y orando.

Habiendo pues llegado ésta a la hora, alababa al Señor y hablaba de Él a todos los que esperaban la redención de Israel.

Éste no podía ocultarse a los que lo buscaban con sencillez, humildad y fe ardiente.

Sus palabras proféticas le hacen comprender a María y a José el gran destino de este niño recién nacido.

Ellos no sabían todo desde el comienzo. Paso a paso, Dios les revela todo lo que tienen que saber sobre Jesús.

Sólo paulatinamente se les abren los ojos sobre el misterio de Él.

Y Simeón y Ana son unos de los primeros instrumentos para ello.

La tradición litúrgica del 2 de febrero

El 2 de febrero es un día importante para los cristianos. La Iglesia celebra varias fiestas, algunas de ellas de las más antiguas de la liturgia cristiana y que están estrechamente relacionadas entre sí.

Este día la Iglesia conmemora la Presentación de Jesús en el Templo y la Purificación de la Virgen, tal y como lo recoge la Escritura, y también la advocación mariana de la Candelaria, muy unida a estas dos fiestas grandes.

La Iglesia celebra la fiesta de la Presentación de Jesús 40 días después de la Navidad, el nacimiento de Cristo.

Se celebraba en la Iglesia de Jerusalén ya en el siglo IV. Desde allí se iría extendiendo por Occidente y Oriente, llegando a Roma en el siglo VII.

En Oriente se la conocía como “La fiesta del Encuentro”, y representaba el encuentro del Ungido con su pueblo, de Cristo con su pueblo.

De ahí, que fuera una fiesta de gran importancia.

En Occidente, a partir del siglo X empezó a ser más conocida como la fiesta de la Purificación de la Virgen, que también se celebra hoy ese día, mientras que en Oriente siguió más centrada en Jesús.

Y así siguió en la Iglesia latina hasta el Concilio Vaticano II, al establecer que el principal misterio que se conmemora es la Presentación del Señor, pasando así la Purificación de la Virgen a un segundo lugar.

Actualmente, la Presentación de Jesús en el Templo es uno de los misterios que se meditan en el Rosario, concretamente es el cuarto misterio gozoso.

La Purificación de la Virgen María es la fiesta mariana más antigua de la liturgia y una de las más antiguas de la Iglesia.

En Jerusalén ya se celebraba a finales del siglo IV.

Más adelante, ya en el año 542, durante el mandato de Justiniano, comenzó a celebrarse el 2 de febrero, justamente 40 días después del 25 de diciembre, fecha del nacimiento de Jesús.

Hasta el siglo VII no se introdujo esta fiesta en Occidente, aunque a finales de este siglo ya estaba bastante extendida.

Como ya se ha dicho anteriormente, mientras que en Oriente, al coincidir con la Presentación de Jesús en el templo, la fiesta tenía un carácter más cristológico, en Occidente tenía un mayor acento mariano.

Historias Biblicas para niños: Presentación de Jesús en el templo.

La relación con la Virgen de la Candelaria

Este día también se celebra la Virgen de la Candelaria, advocación mariana con especial devoción en España e Hispanoamérica.

En España en numerosas parroquias se celebra en la fiesta de la Candelaria la presentación a la Virgen de los niños bautizados durante el año anterior.

En algunos lugares también se realiza además de la bendición de las candelas una procesión.

En varios países hispanos los devotos llevan a la parroquia su imagen del Niño Jesús.

Además, muchas familias tienen la costumbre de guardar las velas que se han sido bendecidas en esta fiesta para encenderlas y rezar con ellas en los momentos de dificultades durante el año.

La luz de las velas recuerda que Jesús es presentado como “luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel”.

La enseñanza espiritual de la purificación de María

En esta fiesta se recuerdan algunos misterios en cuyo centro están Jesús y María: la purificación de María, la presentación de Jesús y el encuentro con Simeón y Ana.

María cumplió también estrictamente con todas estas ordenanzas.

Pienso que Ella intuye un gran misterio en esta ceremonia. Sabe que, si todo primogénito es propiedad de Dios, este hijo suyo lo es más que ninguno.

Siente que este hijo no será “suyo”, que será infinitamente más grande que ella.

Éste no podía ocultarse a los que lo buscaban con sencillez, humildad y fe ardiente.

La actitud de María se presenta como un ejemplo de obediencia, humildad y entrega a Dios, incluso cuando la ley no le imponía personalmente la purificación.

Y aquí podríamos preguntarnos: ¿en qué medida consideramos a nosotros mismos y a nuestros hijos regalos de Dios, personas que pertenecen a Dios, que son de Dios?

¿Y hasta qué punto actuamos y tratamos también a los demás como propiedad de Dios?

Pienso que después de este encuentro con los dos ancianos, María y José salieron del templo y habrán vuelto silenciosos, ensimismados y hasta preocupados.

Al mirar al niño ya no ven sólo su rostro feliz, sino también su misión tan grande y pesada: será el Salvador no sólo de Israel, sino de todos los hombres y de todos los pueblos.

Pero será también un signo de contradicción: salvación y resurrección para unos, ruina y condenación para otros.

Y se dan cuenta de que también ellos mismos han de sufrir con Él.

Y todo esto iba a ser como una espada en el alma de María.

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