Las mascarillas de tela y gasa se convirtieron en un accesorio habitual durante la pandemia de influenza que se extendió entre 1918 y 1920, aunque su eficacia dependía del material, el número de capas, el ajuste y la forma de utilizarlas. En aquella época se recomendaba cubrirse el rostro, especialmente en hospitales, transportes y lugares con gran concentración de personas, pero las mascarillas caseras del público general no siempre ofrecían una protección suficiente.
La llamada gripe española provocó al menos 50 millones de muertes e infectó a unos 500 millones de personas en todo el mundo entre 1918 y 1919, como consignan los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) de Estados Unidos. Se extendió entre 1918 y 1920, y los científicos creen que fue contagiada al menos un tercio de la población mundial de aquel entonces, calculada en 1.800 millones de habitantes.

Qué fue la gripe de 1918 y por qué se llamó española
La pesadilla que estamos viviendo este 2020 con el coronavirus ya se sufrió, de forma todavía más cruenta, en 1918 con la mal llamada gripe española, que realmente surgió en Estados Unidos y llegó a Europa a través de Francia. Es considerada hasta la fecha como la pandemia más mortífera de la historia, con más de 40 millones de fallecidos en todo el mundo, según cálculos de la Organización Mundial de la Salud.
La llamada “gripe española” provocó al menos 50 millones de muertes e infectó a unos 500 millones de personas en todo el mundo entre 1918 y 1919, como consignan los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) de Estados Unidos. El patógeno de 1918, un virus de influenza H1N1 con genes de origen aviar, empezó a diseminarse en campamentos militares de Estados Unidos en marzo y abril de ese año, cuando la Primera Guerra Mundial (1914-1918) aún estaba en curso.
La gripe española había comenzado en Kansas, Estados Unidos, en la mañana del 4 de marzo de 1918, cuando un cocinero llamado Albert Gitchell del campamento Funston acudió a la enfermería con molestias en la garganta, fiebre y dolor de cabeza. A la hora del almuerzo, había centenares de casos como el suyo y el oficial médico tuvo que habilitar un hangar para acomodar a los enfermos de aquel mal desconocido que mataba a los más jóvenes y sanos en cuestión de días.
Aquel cuartel fue el punto de partida de un itinerario que transfería miles de soldados a Francia por la Primera Guerra Mundial, provocando que la plaga llegara a Europa. Esto ocurrió en Brest (Francia), cuando lo trajeron a Europa las tropas norteamericanas que venían a luchar en la Primera Guerra Mundial.
Este conflicto no fue el causante de la gripe, pero sí que supuso un método infalible para su propagación por todo el mundo, ya que las tropas que se iban contagiando eran propensas a realizar continuos viajes gracias a los nuevos medios de transporte. Si a eso le unimos que los soldados convivían en unas condiciones complicadas e incluso deplorables, las cuales provocaban que sus sistemas inmunológicos se debilitaran, nos encontramos con el perfecto caldo de cultivo para una pandemia que resultó ser más letal de lo común.
Las tropas apiñadas en vagones de tren y camiones se aseguraron de que la infección, altamente contagiosa, pasara de un hombre a otro. Luego se extendió desde las estaciones de tren hasta el centro de las ciudades, y de allí a los suburbios y al campo.
Al contrario de lo que mucha gente pueda creer cuando escuchan esta denominación, la gripe de 1918 no surgió en España. El motivo de este nombre tiene otra explicación y no es otra que la censura.
Cuando comenzó la guerra, de la que se vaticinaba erróneamente que acabaría en solo unas semanas, España se declaró neutral. Esto provocó que siguiera existiendo libertad de prensa. Así que cuando se comenzaron a dar las primeras muertes como causa de la terrible gripe, los periódicos se hicieron eco de ese hecho y de la peligrosidad del virus.
En cambio, esto no fue así en los estados que se encontraban en plena contienda, ya que no les convenía crear una alarma social que provocara conflictos internos, ni que las tropas se desmoralizaran al ser conocedoras de tan peligrosa pandemia. Así que la censura actuó en los medios de comunicación evitando referirse a los estragos que estaba causando la gripe.
De este modo, España se convirtió en el referente informativo y por esta razón la pandemia que infectó casi al 40% de la población mundial fue llamada gripe española. España fue el primer país de Europa en el que se extendió a amplios sectores de la sociedad, lo que justificó su denominación de «gripe española».
Las olas de la pandemia y su evolución
El virus llegó a expandirse por todo el mundo en tres olas. Durante la primera, dada por terminada en julio de 1918, los casos de enfermedad fueron “mucho más leves que los que se observarían durante las dos olas siguientes”, apuntan los CDC.
La segunda ola se detectó también en un campamento militar estadounidense, Camp Devens, en las afueras de Boston, en septiembre de 1918 y se le atribuye la mayoría de las muertes de la pandemia. El tercer brote surgió a inicios de 1919 y “si bien fue grave, esta ola no fue tan mortal como la segunda”, de acuerdo con la misma fuente.
Tras el tercer brote, el virus perdió su letalidad y acabó evolucionando a virus estacionales durante los 38 años que siguieron, recuerdan los CDC. “No es correcto decir que la enfermedad que ocasionó la pandemia de 1918 haya sido erradicada”, dijo a AFP Factual el historiador estadounidense John M. Barry, autor del libro “La gran gripe”.
“El virus de la influenza muta muy rápidamente, mucho más rápido que SARS-CoV-2. Los descendientes del virus de 1918 han continuado circulando”.
Por qué se utilizaron mascarillas de gasa
Entonces, como ahora, también se tuvieron que acostumbrar a cubrir sus rostros con mascarillas, la mayoría fabricadas con gasas. Muchas personas comenzaron a fabricarse tapabocas a partir de gasas, e incluso añadían gotas de desinfectante por debajo de la nariz.
A mediados de octubre de 1918, en medio de una terrible epidemia en el noreste y brotes de rápido crecimiento en todo el país, el Servicio de Salud Pública de Estados Unidos distribuyó folletos recomendando que todos los ciudadanos usaran mascarillas.
La Cruz Roja sacó también anuncios en los periódicos alentando su uso y ofreció instrucciones sobre cómo fabricar mascarillas en casa con gasa e hilo de algodón. Además, se daban instrucciones de cómo se usaban y hasta de cómo se podían fabricar en casa con gasa e hilo de algodón.
La revista Nursing Times en 1918 incluyó consejos para contener la enfermedad, con una descripción de cómo las hermanas del hospital St Marylebone Infirmary en North Kensington erigieron particiones desinfectadas entre cada cama y "cada enfermera, médico, ayudante de sala" que entraba en el ala epidémica tenía que usar una máscara y un traje de cuerpo completo.
Las empresas, incluida la London General Omnibus Co, intentaron frenar la propagación de la infección rociando una solución antigripal sobre trenes y autobuses y haciendo que sus empleados usaran tapabocas. Las medidas que tomaron las empresas en algunos países, para evitar la propagación, fue rociar una solución antigripal en el transporte público y hacer que sus empleados utilizaran tapabocas.
Por ejemplo, las enfermeras, médicos y ayudantes que entraban a una ala epidémica, debían utilizar mascarilla y un traje de cuerpo completo. El mensaje, muy similar a lo que se recomendó durante la pandemia del coronavirus, fue: “usa una mascarilla y salva tu vida”.
Cómo eran las mascarillas de tela y gasa
Las mascarillas utilizadas durante la pandemia no constituían un único modelo. Algunas fueron elaboradas de forma doméstica con gasa e hilo de algodón, mientras que el personal sanitario empleó versiones con más capas y una confección más cuidadosa.
Además, las diferencias entre las mascarillas del personal sanitario y las del público general fueron importantes. El personal sanitario utilizaba mascarillas fabricadas con seis a ocho capas de gasa mientras que el público general utilizaba una o dos capas en su fabricación lo que, además de inefectivo, le brindaba una “falsa sensación de seguridad”.
| Usuarios | Material o confección descrita | Observación |
|---|---|---|
| Personal sanitario | Seis a ocho capas de gasa | Mayor número de capas |
| Público general | Una o dos capas | Podía resultar inefectiva |
| Fabricación doméstica | Gasa e hilo de algodón | Se difundieron instrucciones para hacerlas en casa |
Un estudio publicado en enero de 1919 encontró que en las ciudades donde el uso de mascarillas había sido obligatorio, como San Francisco, las personas hacían uso de ellas donde eran menos necesarias, como espacios abiertos, mientras que se las quitaban en espacios cerrados, donde estaban expuestas a contacto estrecho, como oficinas o reuniones sociales.
Otro estudio, publicado en 1921, halló que “la mascarilla fue de poco beneficio” durante la pandemia, y empleada de una manera “que no brindó protección”, en tanto las personas no habían tenido precauciones de higiene, utilizándolas “hasta que se ensuciaban” y, por lo tanto, perdieran efectividad.
En noviembre de 1918, el ‘Garland City Globe’ de Utah publicó fotografías de personas usando mal la máscara, llevándola en la nuca o con agujeros para poder fumar a modo de broma.
Uso en hospitales y espacios de transporte
El transporte fue uno de los principales escenarios de propagación de la influenza. Se cree que la propagación del virus fue intensificada por los soldados que regresaban de las trincheras en el norte de Francia.
Viajaban tropas enteras apiñadas en vagones de tren, donde era imposible no contagiarse. Las tropas apiñadas en vagones de tren y camiones se aseguraron de que la infección, altamente contagiosa, pasara de un hombre a otro.
Muchas empresas intentaron frenar la propagación de la infección rociando una solución antigripal sobre trenes y autobuses. También hicieron que sus empleados usaran tapabocas.
En los hospitales, las mascarillas formaban parte de un conjunto de medidas que incluía separaciones entre camas, desinfección, trajes completos y vigilancia de los enfermos. La revista Nursing Times en 1918 incluyó consejos para contener la enfermedad, con una descripción de cómo las hermanas del hospital St Marylebone Infirmary en North Kensington erigieron particiones desinfectadas entre cada cama.
“Cada enfermera, médico, ayudante de sala” que entraba en el ala epidémica tenía que usar una máscara y un traje de cuerpo completo. Esta diferencia muestra que la mascarilla de gasa no se consideraba por sí sola un sustituto de las demás medidas de protección.
Papelmatic | ¿Cómo fabricamos las mascarillas?
Recomendaciones, obligaciones y mensajes públicos
El uso de la mascarilla también fue promovido al otro lado del Atlántico. Ciudades como París y Mánchester la implementaron, entre otras cosas, porque las medidas que podían tomar eran muy limitadas.
En algunos estados, como California, tomaron acciones radicales para detenerla: “Usar mascarilla o ir a la cárcel”. En Estados Unidos los funcionarios del departamento de Salud entendieron pronto que cambiar el comportamiento de la sociedad iba a ser imposible.
“Ponte una máscara, salva tu vida”, advertía la Cruz Roja hace más de un siglo ante la gripe española, que contagió a un tercio de la población mundial y mató a entre 50 y 100 millones de personas, según las estadísticas aportadas por María Isabel Porras en ‘La gripe española: 1918-1919’.
A mediados de octubre de 1918, el Servicio de Salud Pública comenzó a distribuir folletos y la Cruz Roja insertó anuncios en todos los periódicos en los que declaraba sin rodeos que «todo hombre, mujer y niño que no la use debe ser considerado un negligente peligroso».
La recomendación de la Junta de Salud de Nueva York, por su parte, fue que «mejor hacer el ridículo que estar muerto», en referencia a aquellos que pensaban que las mascarillas afeaban a los que las usaban.
Resistencia social y problemas de cumplimiento
Sin embargo, al igual que ocurre hoy en día, no fue fácil implantarlas entre la población. Resulta sorprendente que una parte de la población se rebelara contra el uso de la mascarilla, teniendo en cuenta que no se conocían vacunas ni terapias farmacológicas efectivas contra ella.
El caso de Estados Unidos fue especialmente escandaloso, puesto que pocos ciudadanos cumplieron con las restricciones establecidas por el Gobierno. Muchos, incluso, reaccionaron con más furia cuando se recomendó o exigió el uso de mascarillas que cuando se obligó a cerrar los negocios.
Los grupos de resistencia crecieron a medida que aumentaron los carteles y los titulares en la prensa: «Quien estornude sin taparse la boca será detenido», «Redadas policiales en bares en la guerra contra la pandemia» y «Toque de queda en la ciudad por la gripe».
La Liga Anti-Máscara de San Francisco
San Francisco fue la primera ciudad que decretó la obligatoriedad de la mascarilla y donde surgió el primer movimiento en contra: la Liga Anti-Máscara, fundada por E.C. Harrington, una sufragista y abogada que hizo una llamada a unirse a su causa en el ‘San Francisco Chronicle’.
Sus argumentos eran prácticamente los mismos que esgrimen los negacionistas actualmente: su ineficacia y el supuesto ataque que representaba para su libertad. La diferencia es que, en Estados Unidos, hasta los jueces salieron a la calle para celebrar los juicios al aire libre y sin mascarillas en señal de protesta.
El alcalde James Rolph apeló a «la conciencia, el patriotismo y la autoprotección, que exigen el cumplimiento inmediato y rígido del uso del tapabocas». Sin embargo, hubo tantos arrestos que el jefe de Policía advirtió a los funcionarios de que se estaba quedando sin celdas.
El 25 de enero de 1919, más de 2.000 miembros de la mencionada liga se manifestaron en el centro de San Francisco para denunciar la ordenanza. Entre los asistentes, varios médicos destacados.
Prisión, multas y uso incorrecto
Las autoridades estadounidenses tuvieron que organizar unidades policiales específicas para luchar contra el virus. Según el ‘San Francisco Chronicle’, en un solo día fueron acusadas 100 personas de «perturbar la paz» al no usar mascarilla.
Muchas de ellas fueron condenadas a pasar diez días en prisión y las restantes a pagar multas equivalentes a 80 dólares actuales. Entre ellas, el alcalde y el responsable de Salud de la ciudad, por acudir a una velada de boxeo sin la susodicha protección.
Una vendedora de Denver se negó a ponérsela porque, según declaró, «se le dormía la nariz». Un médico prestigioso comentó en un debate público que, «si apareciera un hombre de las cavernas en la actualidad, pensaría que los ciudadanos enmascarados son todos unos lunáticos».
Un banquero de Tucson prefirió ir a la cárcel antes que pagar la multa que le habían impuesto. En Seattle, los conductores de tranvías se negaron a prohibir la entrada a los pasajeros que no la llevaran.
Diferencias entre países y ciudades
En Europa no se decretó la obligación de usar mascarillas durante la Primera Guerra Mundial. Gran Bretaña fue el único país donde se recomendó su uso, aunque solo en las grandes ciudades y a ciertos grupos, como las enfermeras.
En España, el Gobierno de Antonio Maura promovió el cierre de teatros e instó a los dirigentes provinciales a que limitaran el aforo de los eventos públicos, provocando un gran enfrentamiento con la Iglesia. Sin embargo, de la máscara, ni hablar.
La obligación se extendió a ciudades como Denver, Seattle, Sacramento, Phoenix y Oakland, en las que se cerraron escuelas, iglesias, teatros, cines y peluquerías.
En Los Ángeles y Utah ni siquiera fue aprobada, bajo el argumento de que los ciudadanos sentirían una falsa seguridad y relajarían las precauciones. En Portland se produjo un acalorado debate en el que un concejal calificó la medida de «inconstitucional».
Mascarillas, escuelas y medidas complementarias
La gripe española y los colegios también plantearon un dilema que volvería a aparecer durante otras pandemias. Esta no es la primera vez que los líderes mundiales se enfrentan al reto de mantener las escuelas abiertas en medio de una pandemia.
Y es que en la gripe española sólo tres escuelas en todo el mundo decidieron seguir abiertas, todas ellas en Estados Unidos: Nueva York, Chicago y New Haven. La decisión se basó en la hipótesis de que los estudiantes estaban más seguros y mejor en la escuela.
Nueva York tenía casi un millón de niños en edad escolar en 1918 y aproximadamente el 75% de ellos vivían en hogares en condiciones de hacinamiento, a menudo insalubres. Las escuelas que permanecieron abiertas tomaron algunas restricciones para seguir funcionando.
A los estudiantes no se les permitió reunirse fuera de los muros del colegio y los profesores revisaban diariamente a los alumnos para detectar signos de gripe. Si cualquiera de ellos tenía fiebre, un funcionario del departamento de salud lo llevaba a casa y determinaba si las condiciones eran adecuadas para el aislamiento.
De no ser el caso, eran trasladados a un hospital. Las medidas de prevención, por tanto, no se limitaron al uso de mascarillas, sino que incluyeron vigilancia, aislamiento y control de las reuniones.
Qué podía y qué no podía hacer una mascarilla de gasa
John Barry descartó que las mascarillas de gasa, cuyo uso fue obligatorio en varias ciudades de Estados Unidos durante la “gripe española”, jugaran un papel crucial en la incidencia del virus. “Los estudios, incluso en ese entonces, demostraron que ponerle una mascarilla a alguien que estaba enfermo protegía a las personas que lo rodeaban, pero para el público en general no demostraron ser tan útiles”.
La evidencia histórica citada señala que el problema no era únicamente el material, sino también el modo de empleo. El público general utilizaba una o dos capas en su fabricación lo que, además de inefectivo, le brindaba una “falsa sensación de seguridad”.
Además, las personas no habían tenido precauciones de higiene, utilizándolas “hasta que se ensuciaban” y, por lo tanto, perdieran efectividad. También se observó que algunas personas las llevaban en la nuca o les hacían agujeros para poder fumar.
La publicación viral asegura que las mascarillas lograron la “erradicación de la enfermedad y los contagios” del virus en 1918. Este planteo, sin embargo, es falaz.
En conclusión, es falso que el uso de mascarillas haya “erradicado” el virus que desató la pandemia de gripe de 1918; de acuerdo con especialistas, este no desapareció, sino que mutó, y la terminación de la pandemia no se debió a los cubrebocas.
La diferencia entre 1918 y las pandemias posteriores
Barry, quien ha participado en diferentes órganos consultivos sobre enfermedades de las autoridades estadounidenses, señaló que hay una “diferencia enorme” entre el uso recomendado de mascarillas en la pandemia de 1918 y el uso recomendado en 2020 respecto del nuevo coronavirus: “Hoy las mascarillas son útiles; en 1918 no había transmisión asintomática, como es el caso actual”.
Al igual que con el virus de la influenza, el nuevo coronavirus se propaga a través de gotículas emitidas por una persona infectada. Pero cada vez hay más evidencia de que puede contagiarse además por transmisión aérea o aerosoles: gotas respiratorias de menor tamaño que pueden permanecer en el aire durante minutos o incluso horas, especialmente en espacios interiores poco ventilados.
La Organización Mundial de la Salud consignó que, dado que las personas infectadas que no presentan síntomas pueden contagiar el SARS-CoV-2, “es prudente alentar el uso de mascarillas de tela en lugares públicos en los que haya transmisión comunitaria y en donde no sea posible adoptar otras medidas de prevención, por ejemplo, el distanciamiento físico”.
Además recomienda utilizarlas junto con otras medidas de higiene, como el lavado frecuente de manos, el distanciamiento físico siempre que sea posible, “los buenos hábitos al toser y estornudar, y la limpieza y la desinfección del entorno”.
“Por ello se recomienda ventilar ambientes al menos cinco minutos por hora, y usar tapabocas cuando vamos a estar a menos de un metro y medio de distancia de otras personas”, dijo la infectóloga argentina Florencia Cahn, miembro de la Comisión Directiva de la Sociedad Argentina de Vacunología y Epidemiología, a AFP Factual.
La falsa idea de que las mascarillas erradicaron la gripe
Publicaciones compartidas más de 30.000 veces en redes sociales desde fines de julio alientan el uso de mascarillas durante la pandemia de covid-19 asegurando que la llamada “gripe española” fue erradicada gracias a su uso.
Sin embargo, si bien hay evidencias sólidas de que la utilización correcta de tapabocas disminuye el contagio de SARS-CoV-2, estos no “erradicaron” la gripe de 1918.
El virólogo Jeffrey Taubenberger, quien secuenció el genoma del virus de la influenza que causó la de pandemia de 1918 junto con Ann Reid, hizo una afirmación similar en el artículo “Influenza de 1918: la madre de todas las pandemias” publicado en 2006: “El impacto de esa pandemia no se limitó a 1918-1919.
Todas las pandemias de influenza A desde entonces, y de hecho casi todos los casos de influenza A en todo el mundo (excepto las infecciones humanas por virus aviares como el H5N1 y H7N7), han sido causadas por descendientes del virus de 1918”.
La terminación de la pandemia no puede atribuirse exclusivamente a las mascarillas de tela o gasa. La evolución del virus, el desarrollo de la inmunidad y la transformación de las condiciones de transmisión formaron parte de un proceso más amplio.
Antecedentes históricos de la protección respiratoria
Las mascarillas no aparecieron por primera vez durante la gripe de 1918. Aunque las mascarillas más antiguas se utilizaron para disfrazarse, ponerse una mascarilla protectora se remonta al menos al siglo VI a.C.
En las puertas de las tumbas persas se encontraron imágenes de personas con telas sobre la boca. Según Marco Polo, los sirvientes de la China del siglo XIII se cubrían la cara con bufandas tejidas.
La idea era que el emperador no quería que su aliento afectara el olor y sabor de su comida. El escritor romano Plinio el Viejo, en su monumental enciclopedia Historia natural, redactada en la segunda mitad del siglo I y que reunía todo el saber humano de la época, menciona un truco utilizado por los trabajadores del cinabrio.
El cinabrio era un mineral compuesto de azufre y mercurio tóxico que se trituraba para fabricar un pigmento rojo destinado a las pinturas murales, para no inhalar el polvo nocivo: emplear una suerte de mascarillas hechas con pieles de vejigas blandas de animal.
La referencia del erudito, que moriría en el año 79 asfixiado por los gases volcánicos del Vesubio, es la primera evidencia de protección respiratoria artesanal que se conserva, la más antigua de la historia.
Siglos más tarde, en pleno Renacimiento, Leonardo da Vinci recomendaría el uso de paños húmedos sobre la boca y la nariz para combatir la respiración de agentes infecciosos.
De las mascarillas de la peste a la gasa médica
Fue la Peste Negra, la plaga que azotó Europa por primera vez en el siglo XIV, matando al menos a 25 millones de personas entre 1347 y 1351, lo que presagió el advenimiento de la mascarilla médica.
Algunos creían que la enfermedad se propagaba a través del aire envenenado o “miasma”, creando un desequilibrio en los fluidos corporales de una persona. Intentaban evitar que el aire fétido les llegara cubriéndose la cara o llevando ramilletes de olor dulce.
El símbolo de la plaga, esa siniestra imagen de individuo con máscara de pájaro que parecía la Sombra de la Muerte surgió en los últimos estertores del brote final, a mediados del siglo XVII.
Los perfumes y las especias todavía se usaban: el “pico” se originó como un lugar para colocar hierbas y aromáticos con el fin de contrarrestar el llamado miasma.
La ropa protectora que usaban los médicos que trataban a los pacientes durante la Gran Plaga de 1665, incluía una pesada túnica de cuero, espesos protectores de vidrio para los ojos, guantes y sombreros.
La peste neumónica de Manchuria y las capas de gasa
Entre el otoño de 1910 y la primavera del año siguiente, una devastadora peste neumónica provocó más de 60.000 muertes en esta zona del noreste de China.
El doctor Wu Lien-teh, tras descubrir que la enfermedad se propagaba por el aire, desarrolló máscaras quirúrgicas con capas de gasa y algodón, modificando los modelos que había manejado durante su formación en Cambridge.
Otra variante fueron esta especie de cascos que se aprecian en la imagen. La experiencia de Manchuria constituye un antecedente inmediato de las mascarillas médicas de varias capas que se utilizarían posteriormente durante la influenza de 1918.
Otros usos de las mascarillas antes y después de 1920
En 1877, en Inglaterra se inventó y se patentó como un respirador la máscara de humo Nealy, un modelo más refinado de la propuesta de Da Vinci en el siglo XV.
Consistía en una esponja empapada de agua que se colocaba sobre la boca para actuar como filtro del gas y una bolsa en forma de depósito que se colgaba al cuello. Apretando el saquito, el agua subía y volvía a mojar esta suerte de mascarilla.
A finales del siglo XIX se creó esta mascarilla como defensa ante la inhalación de polvos venenosos, destinada fundamentalmente a los trabajadores de las industrias. Si bien no parece un modelo demasiado complejo, sería la base empleada en las décadas posteriores para desarrollar un respirador mucho más eficaz.
En 1920, la Oficina de Minas de Estados Unidos, formada una década antes para combatir los elevados índices de mortalidad de los mineros, certificó el primer respirador, obra del ingeniero e inventor W. E. Gibbs.
Este aparato de respiración autónoma de circuito cerrado funcionaba con oxígeno comprimido y un depurador de cal sodada para eliminar el dióxido de carbono.
Pero los mineros no fueron los únicos en utilizarlo: ante el devastador panorama provocado por la Gran Guerra y la pandemia de la influenza, departamentos de bomberos, sanitarios, aviadores, el sector de la industria e incluso la marina recibieron sus modelos.
La mascarilla frente al smog
La Revolución Industrial del siglo XVIII ayudó a crear el famoso esmog de Londres, que se intensificó a medida que más y más fábricas arrojaban humo y los hogares mantenían encendidos sus fuegos de carbón.
Muchos inviernos vieron gruesos mantos de esmog amarillo grisáceo cubriendo la capital. El peor episodio fue en 1952, cuando entre el 5 y el 9 de diciembre al menos 4.000 personas murieron inmediatamente después, y se estima que otras 8.000 murieron en las siguientes semanas y meses.
Otras 1.000 personas murieron a causa del esmog en diciembre de 1957, y otro episodio en 1962 provocó 750 muertes. El esmog era tan denso que los trenes no podían circular,e incluso hubo informes de ganado que murió asfixiado mientras permanecían en los campos.
En la década de 1930, las mascarillas “anti-esmog” se volvieron tan de rigor en la cara como los sombreros de fieltro en la cabeza. La contaminación del aire, aunque ya no forma una niebla densa y peligrosa, sigue siendo un problema.
Mascarillas contra gases químicos
La I Guerra Mundial fue la primera contienda de la historia en la que se emplearon gases químicos como arma. Se calcula que estos vapores provocaron la muerte de unas 90.000 personas.
Ambos bandos tuvieron que ingeniar máscaras antigás para evitar el exterminio de sus ejércitos. El frecuente uso del gas cloro y gas mostaza provocó que las personas, no solo los militares, comenzaran a usar máscaras de gas para protegerse.
Tan solo en Inglaterra, se distribuyeron 35 millones de mascarillas para todos los civiles e incluso se veían bailarinas de Cabaret utilizándolas en los espectáculos.
Incluso los animales tenían sus propias mascarillas: se midió a los camellos en el zoológico de Chessington para hacerles estos accesorios a la medida, mientras que a los caballos se les colocó un tipo de cubierta facial que parecía una bolsa en la nariz.
La continuidad histórica de las mascarillas
Las mascarillas se han utilizado para combatir enfermedades como la peste o contra los efectos de los gases químicos. También fueron empleadas ante el polvo industrial, la contaminación del aire, los residuos de guerras y los accidentes tecnológicos.
La nueva normalidad del coronavirus volvió a convertir las máscaras y mascarillas en un mecanismo de protección frente a la propagación de un virus. Estas imágenes ya ocupan una página del álbum de la Historia.
La experiencia de 1918 muestra que una mascarilla de gasa no era un dispositivo uniforme ni garantizaba por sí sola la interrupción de una pandemia. Su posible utilidad dependía de la cantidad de capas, la higiene, el ajuste, el tiempo de uso y su integración con otras medidas.
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