La poesía puede convertirse en una forma de purificación cuando transforma la experiencia, el dolor, la memoria y la contemplación en una búsqueda sincera de sentido. En ese camino, la palabra poética no se limita a describir la vida: la ilumina, la ordena y permite atravesar el silencio para descubrir una verdad más profunda.
La poesía ha sido una de las constantes en mi vida. La trajo mi padre en forma de paredes llenas de libros, la trajo mi madre en forma de historias y poetas alemanes e ingleses, la trajeron algunos de esos primeros amigos, esos que te desmadejan para luego rehacerte de nuevo… Para mí es un lenguaje propio. Y aunque no siempre la cultive con el ahínco necesario, siempre vuelve, cuando menos la espero, cuando menos la pienso.
La poesía como lenguaje propio
La lectura y la escritura pueden acompañar una vida entera, incluso cuando aparecen de manera intermitente. La poesía regresa en los momentos de mayor necesidad interior, cuando la experiencia cotidiana exige ser comprendida, expresada o transformada.
Para mí, y creo que es así para muchos niños, la lectura era una experiencia sensorial: nos sólo se sentía el tacto del cartón de las portadas, se llegaba a percibir el olor de los colores e incluso el libro “sabía” rico. Y respecto a la segunda cuestión, en mi memoria como lectora no soy capaz de fijar un antes y un después; mi relación con los libros fue como un todo que me fue llevando de la mano a medida que iba madurando.
Soy miope y la literatura me permitía ver el mundo. Me apagaban la luz, primero en casa y después en el colegio, en el que estuve interna desde los diez hasta los diecisiete años para cursar bachillerato, y las noches de luna llena eran estupendas ¡podía leer!
En cuanto a la universidad, la primera etapa fue también potente; luego hubo que espaciar y situar la lectura por placer en los fines de semana, porque había que leer otro tipo de cosas y además estaban la música, los amigos y todo por conocer…Pero entonces llegó la poesía, un descubrimiento para mí en aquel momento, que luego me ha acompañado intermitentemente a lo largo de mi vida.
Purificación: una palabra, un símbolo y una forma de vivir
El nombre de Purificación concentra una dimensión simbólica especialmente intensa: remite a la limpieza interior, a la renovación y a la posibilidad de comenzar de nuevo. La poesía puede asumir ese sentido cuando permite reconocer las heridas, ordenar la memoria y convertir la experiencia en una forma de conocimiento.
Purificación, por tanto.
La poesía como compañera del vivir, y la sinceridad de las emociones como herramienta para llegar al poema.
Purificación Gil se muestra dueña de un lenguaje personal, dúctil y cuidado, capaz de sugerir formas más íntimas y sensitivas de abordar la realidad y la memoria del tiempo, esto es, la vida misma.
Serenidad, gratitud y delicadeza están muy presentes formalmente en Traspasar el silencio. Este segundo poemario nos muestra una poeta segura, con un mundo lírico personal.
La Presentación del Señor: obediencia, pureza y entrega
La fiesta de la Presentación del Señor en el templo de Jerusalén, celebrada el 2 de febrero, invita a contemplar a María como modelo de pureza, obediencia, conversión y entrega. Para esta celebración se proponen dos poemas de Luis de Góngora, titulados ambos A la purificación de Nuestra Señora, compuestos en 1614 y 1615.
Cumplido el tiempo de la purificación de la Madre, según la Ley de Moisés, es preciso ir con el Niño a Jerusalén para presentarle al Señor. (Luc., II, 22.)
Y esta vez serás tú, amigo mío, quien lleve la jaula de las tórtolas. -¿Te fijas? Ella -¡la Inmaculada!- se somete a la Ley como si estuviera inmunda. ¿Aprenderás con este ejemplo, niño tonto, a cumplir, a pesar de todos los sacrificios personales, la Santa Ley de Dios?
¡Purificarse! ¡Tú y yo sí que necesitamos purificación! -Expiar, y, por encima de la expiación, el Amor.
La obediencia de María muestra que la santidad se manifiesta también en la aceptación humilde de la voluntad de Dios. La escena del templo conduce a una pregunta dirigida a la vida cotidiana: ¿Aprenderás con este ejemplo, niño tonto, a cumplir, a pesar de todos los sacrificios personales, la Santa Ley de Dios?
La purificación no consiste únicamente en reconocer el pecado, sino en dejar que el amor transforme la persona desde dentro. La obediencia de María se convierte así en una invitación a la conversión sincera.
Luis de Góngora y la poesía de la contemplación
Luis de Góngora y Argote (1561-1627) es una de las cumbres del barroco español y el máximo representante del «culteranismo». Su poesía busca la belleza mediante un lenguaje de gran densidad formal: metáforas audaces, imágenes luminosas, hipérbatos complejos y una constante referencia a la tradición clásica y bíblica.
Góngora no pretende la claridad inmediata, sino una lectura contemplativa que desvele, poco a poco, la riqueza del sentido. En sus versos, lo cotidiano se transfigura y el mundo se convierte en un tejido de símbolos donde forma y contenido alcanzan una intensa unidad estética.
La Virgen como transparencia de la luz
La vidrïera mejor
en sus brazos de cristal
entra al Sol hoy celestial
en la capilla mayor;
a cuyo resplandor,
sin que más luz espere,
Simeón fénix arde y cisne muere.
En esta breve y densa composición, Góngora condensa con maestría el misterio de la Purificación de María y la Presentación del Señor. La imagen inicial de la “vidriera” convierte a la Virgen en transparencia perfecta: como el cristal, deja pasar la luz sin retenerla, acogiendo en sus brazos al “Sol celestial”, Cristo, luz verdadera que ilumina el templo.
La capilla mayor no es solo el espacio litúrgico de Jerusalén, sino figura del corazón de María y, por extensión, de la Iglesia, donde Dios se hace presente sin perder su gloria. El resplandor del Niño basta por sí mismo: “sin que más luz espere”, aludiendo al cumplimiento de las promesas.
Simeón aparece transfigurado en doble símbolo clásico y cristiano: “fénix”, porque renace al ver al mesías esperado; “cisne”, porque canta su última alabanza antes de morir.
| Imagen poética | Sentido simbólico |
|---|---|
| La vidriera | La Virgen como transparencia perfecta |
| El Sol celestial | Cristo, luz verdadera que ilumina el templo |
| La capilla mayor | El corazón de María y la Iglesia |
| El fénix | Simeón renace al ver al Mesías esperado |
| El cisne | Simeón canta su última alabanza antes de morir |

La Palomica blanca y el canto de Simeón
Entre uno y otro gemido
del legal ofrecimiento,
escucha el final acento
de aquel cisne encanecido:
«Ya, Señor, ya me despido
de mi vida con quietud,
pues he visto tu salud,
y la nuestra mucho mas».
Corre, vuela, calla, y verás
cómo en las manos de un viejos
pone hoy franca la Palomica blanca,
que pone, que pare, que pare como Virgen,
que pone como Madre.
Este poema dialogado despliega con viveza barroca el misterio de la Presentación del Señor, combinando lo popular y lo teológico. La invitación insistente («Corre, vuela, calla, y verás») subraya que el misterio no se explica solo con palabras: exige prontitud interior, silencio contemplativo y disponibilidad.
La “Palomica blanca” es María, símbolo de pureza y del Espíritu, que “pone” al Hijo en manos de Simeón y, al mismo tiempo, “pare” virginalmente: paradoja central que Góngora formula con ritmo casi litánico.
La escena se eleva con la imagen de la paloma con el ramo de olivo, eco del diluvio y signo de la esperanza cumplida. Simeón, anciano, “cisne encanecido”, entona su último canto al reconocer la “salud” de Dios, salvación universal.
En ambas composiciones, María no ocupa un lugar separado del misterio de Cristo. Sus brazos reciben al Niño, su obediencia lo presenta en el templo y su pureza deja pasar la luz del Salvador.
El amor como fuego de purificación
La purificación cristiana no se reduce a una corrección exterior ni a una observancia sin alma. Su centro es el amor que transforma desde dentro y convierte la conciencia en un espacio de verdad.
-Expiar, y, por encima de la expiación, el Amor.
Un amor que sea cauterio, que abrase la roña de nuestra alma, y fuego, que encienda con llamas divinas la miseria de nuestro corazón.
La purificación no consiste únicamente en reconocer el pecado, sino en dejar que el amor transforme la persona desde dentro.
Vuelve de nuevo la mirada sobre tu vida, y pide perdón por ese detalle y por aquel otro que saltan enseguida a los ojos de tu conciencia; por el mal uso que haces de la lengua; por esos pensamientos que giran continuamente alrededor de ti mismo; por ese juicio crítico consentido que te preocupa tontamente, causándote una perenne inquietud y zozobra.
Arrepentimiento, perdón y alegría
La purificación adquiere su sentido pleno cuando se vive como regreso a una relación de amor. El arrepentimiento no queda encerrado en la culpa, sino que abre el camino hacia el perdón y la alegría recuperada.
¡Que podéis ser muy felices! ¡Que el Señor nos quiere contentos, borrachos de alegría, marchando por los mismos caminos de ventura que El recorrió!
Sólo nos sentimos desgraciados cuando nos empeñamos en descaminarnos, y nos metemos por esa senda del egoísmo y de la sensualidad; y mucho peor aún si embocamos la de los hipócritas.
La alegría es un bien cristiano. Unicamente se oculta con la ofensa a Dios: porque el pecado es producto del egoísmo, y el egoísmo es causa de la tristeza.
Aún entonces, esa alegría permanece en el rescoldo del alma, porque nos consta que Dios y su Madre no se olvidan nunca de los hombres.
Si nos arrepentimos, si brota de nuestro corazón un acto de dolor, si nos purificamos en el santo sacramento de la Penitencia, Dios sale a nuestro encuentro y nos perdona; y ya no hay tristeza: es muy justo regocijarse porque tu hermano había muerto y ha resucitado; estaba perdido y ha sido hallado.
El perdón del Padre y la alegría recuperada
Esas palabras recogen el final maravilloso de la parábola del hijo pródigo, que nunca nos cansaremos de meditar: he aquí que el Padre viene a tu encuentro; se inclinará sobre tu espalda, te dará un beso prenda de amor y de ternura; hará que te entreguen un vestido, un anillo, calzado.
Tú temes todavía una reprensión, y él te devuelve tu dignidad; temes un castigo, y te da un beso; tienes miedo de una palabra airada, y prepara para ti un banquete.
La purificación cristiana se comprende, por tanto, dentro de una relación de amor. El arrepentimiento no conduce a la desesperación, sino al encuentro con el Padre y a la recuperación de la dignidad.
Una fe consecuente y transparente
La poesía de la purificación también exige coherencia. No basta con reconocer una verdad: es necesario permitir que esa verdad se manifieste en los actos, en las palabras y en las decisiones cotidianas.
El cristiano ha de manifestarse auténtico, veraz, sincero en todas sus obras. Su conducta debe transparentar un espíritu: el de Cristo.
Si alguno tiene en este mundo la obligación de mostrarse consecuente, es el cristiano, porque ha recibido en depósito, para hacer fructificar ese don, la verdad que libera, que salva.
Padre, me preguntaréis, y ¿cómo lograré esa sinceridad de vida? Jesucristo ha entregado a su Iglesia todos los medios necesarios: nos ha enseñado a rezar, a tratar con su Padre Celestial; nos ha enviado su Espíritu, el Gran Desconocido, que actúa en nuestra alma; y nos ha dejado esos signos visibles de la gracia que son los Sacramentos.
Usalos. Intensifica tu vida de piedad. Haz oración todos los días. Y no apartes nunca tus hombros de la carga gustosa de la Cruz del Señor.
La purificación en la vida ordinaria
La Presentación del Señor no queda reducida al recuerdo de una escena del Evangelio. El ofrecimiento del Niño, la obediencia de María y la espera cumplida de Simeón iluminan también las decisiones, sacrificios y deberes de cada día.
Ha sido Jesús quien te ha invitado a seguirle como buen discípulo, con el fin de que realices tu travesía por la tierra sembrando la paz y el gozo que el mundo no puede dar.
Para eso -insisto-, hemos de andar sin miedo a la vida y sin miedo a la muerte, sin rehuir a toda costa el dolor, que para un cristiano es siempre medio de purificación y ocasión de amar de veras a sus hermanos, aprovechando las mil circunstancias de la vida ordinaria.
El dolor, vivido desde la fe, puede convertirse en ocasión de amor. La Cruz no desaparece, pero adquiere un sentido nuevo cuando se une al seguimiento de Cristo y al servicio de los hermanos.
La Cruz junto a María
La imagen de María permite comprender la purificación como una entrega confiada. Su presencia acompaña el camino del creyente y convierte la dificultad en una oportunidad de fidelidad, amor y esperanza.
Se ha pasado el tiempo. Tengo que poner punto final a estas consideraciones, con las que he intentado remover tu alma, para que tú respondieses concretando algunos propósitos, pocos, pero bien determinados.
Piensa que Dios te quiere contento y que, si tú pones de tu parte lo que puedes, serás feliz, muy feliz, felicísimo, aunque en ningún momento te falte la Cruz.
Pero esa Cruz ya no es un patíbulo, sino el trono desde el que reina Cristo. Y a su lado, su Madre, Madre nuestra también.
La imagen final reúne los principales motivos de la celebración: la obediencia de María, la luz de Cristo, la espera de Simeón, la purificación del corazón, la alegría del perdón y la aceptación de la Cruz.
La Virgen acompaña el camino hacia la santidad no desde la distancia, sino como Madre nuestra también, enseñando a recibir a Cristo, a ofrecerlo y a vivir con sinceridad la fe.
Purificación Gil: traspasar el silencio
¿Qué hay tras el silencio? La soledad, la reflexión, la introspección; un espacio de reflexión y búsqueda. Tras el silencio está la escritura, el poema.
Como significativo indicio, los cincuenta y cuatro poemas de esta cuidada edición, con portada de Carmen Molina Cantabella, van precedidos de citas de Eloy Sánchez Rosillo: «Para hallar y ordenar unas pocas palabras / que con su propia música una emoción expresen, / hice de mi vivir una extraña aventura / de búsqueda perpetua y tantas soledades»; de Francisco Brines: «Aquí, en este lugar, supo mi infancia, / que era eterna la vida, y el engaño / da a mis ojos amor»; y de Clara Janés: «Silencio y línea, y el aire aportará significado».
Las tres citas orientan al lector. La vida y la escritura. Soledad y silencio. La infancia, siempre. Misterio, sutileza, verdad.
Hemos de pensar entonces que Purificación Gil nos hace esta propuesta en Traspasar el silencio.
Tiempo, memoria y presente
La trama que enlaza los poemas es el tiempo --cronos y kairós-, son los días en sucesión y el disfrute de un presente que va libando en momentos recobrados de otro tiempo de placeres, juventud, deseos, dudas o confianza.
El presente es la atalaya de la voz poética y también ofrece al sujeto lírico breves instantes de gozo y deseos a menudo unidos a la frustración, la añoranza y la soledad.
Sobre todo, el presente le recuerda el privilegio de experimentar la vida irrepetible, la savia del instante y su luz, una luz poderosa y mediterránea que despierta anhelos y ahuyenta toda monotonía.
Sus poemas inciden en la vida cotidiana y sus rutinas. Las inquietudes íntimas se anudan a las circunstancias del vivir y a la dolorosa constatación de la soledad, la caducidad y la muerte; sin embargo, también encontraremos el contraste del consuelo y la alegría, el valor del instante, la gracia de la rememoración y la serena contemplación de la naturaleza, imagen de renovación y trascendencia.
La luz como forma de conocimiento
Los títulos de los poemas son muy significativos. El poemario se abre con el poema ‘Alivio’: «Sabes con certeza que estos momentos / de luz y dicha pasarán. / Es abril y miras entretenida / los árboles y las rosas. / Cuánto alivio bajo el arce. // Sabes que todo se irá. / Nada temes. / La primavera te muestra el secreto de la vida. / Y quieres guardar aquí cuanto resucitar pretendes».
Este último verso, «Y quieres guardar aquí cuanto resucitar pretendes», nos permite deducir el aire elegíaco del poemario propio de la reflexión, de la mirada al entorno, de la lección cíclica de la naturaleza, de la memoria persistente, de las pérdidas y el dolor, de los deseos incumplidos y aún urgentes.
La mirada y la luz son los sustantivos más repetidos en el poemario y es una de las claves que subrayan su actitud sensitiva y lírica.
Sus imágenes resultan sencillas, casi espontáneas y la naturaleza -fondo o correlato objetivo de los poemas- aporta su belleza genuina, cercana, familiar, belleza al alcance de su mano.
Sin embargo, las metáforas, metonimias, personificaciones, elipsis. , se suceden sin enmascarar el sentido último del poema.
Mirar como ejercicio espiritual
El poema ‘Mirar es el encargo’, con cita de Dionisia García («Mirar es el encargo, y nuestra vida, breve») apoya esta idea: «Si todo se quema bajo este sol de julio, / y este conceder a la mañana la palabra. // Si estos días dejan oropeles como señales, / no puedo hacer nada; / solo plantarme ante la Naturaleza, / como me planto ante el espejo, / ambos me hablan del paso del tiempo. // Ando más cansada, / dejo fluir el agua entre mis dedos. / Horas de entrega al placer de la vida. / Mirar es el encargo».
La mirada no es pasiva: implica atención, presencia y disponibilidad ante lo que sucede. Mirar la naturaleza equivale también a mirarse, reconocer el paso del tiempo y aceptar la fragilidad de la vida.
El poema ‘Despensa para el invierno’, con cita sugerente de Ginés Aniorte, expresa bien esta conjunción de tiempo, afectos, recuerdos y naturaleza: «Cómo podemos decir que los días son nuestros. / No son las estaciones, la carne, ni los abrazos; / tampoco las miradas. // Mientras giran las horas de julio con su claro azul, / mientras las rosas se tuestan bajo este sol; / mientras las tardes se deshacen y se alargan con pasos rutinarios, / aspiro a retener instantes, voces, palabras, gestos. / con los que combatir las jornadas venideras de frío. // Cuanto vivo, llevo. / Cuanto dejo, olvido».
La memoria y el tiempo íntimo
El tiempo es fundamento de Traspasar el silencio. No será el tiempo temible que conduce a la vejez y a la muerte; será el tiempo causante del olvido, la nostalgia y la pérdida.
También será el instante y su gozo. Para el yo poético la emoción del tiempo no requiere tanta distinción, antes bien prefiere la amalgama compleja del tiempo íntimo y vivido; así nostalgia, sueños incumplidos, pérdidas y memoria se entretejen con la atención al instante presente, como en ‘Danza del tiempo’.
«Confieso haber perdido el tiempo. / Entretenida buscando ese otro tiempo. / Hoy es miércoles; este cielo / junto a algunos trastos innecesarios / que acostumbro a tener cerca / dictan que regrese al festín de días incendiados. / [. ] // Mientras contemplo esta luz, / juego con la quietud de aquel paisaje, / donde todo podía haber sido, / cuando todo pudo ser más fácil, / donde la ternura de la piel se rendía al silencio. // Así, a esa desnudez primera, / que convertimos en eternidad junto al mar nuestro, / voy en esta tarde de miércoles, y única. / Como únicos y fugaces fueron aquellos azules. / Hoy retengo momentos, / entre tanto se visten de lila algunas calles de la ciudad, / la voz de Joan Manuel sigue girando, / y sigiloso el sol se retira».
La naturaleza como refugio y espejo
En este contexto, la tierra natal se convierte en sustrato lírico de la poeta, no por ser el tema, sino por conformar su mundo interior, su sensibilidad.
Hemos de decir que la poesía de Purificación Gil se revela poema a poema, ofreciendo consistencia y sentido de unidad, como nutrida planta bien enraizada que se eleva y crece con el aire y la luz de su entorno.
Con sencillez, la lectura de Traspasar el silencio nos conduce a poetas que se inspiran en la naturaleza -sencilla y conocida o abundosa y sobrecogedora- interiorizada como compañera lírica, como atmósfera.
Recordamos poetas para los que la tierra, el mar, la luz, los árboles y los frutos, las llanuras o las sierras son el fondo necesario donde suceden los momentos de reconocimiento, de introspección, de emoción.
Así le ocurre a Purificación Gil. Traspasar el silencio no es un poemario bucólico o eglógico, aunque por momentos lo sea; es un poemario intimista, lírico y sensitivo donde la realidad -identificada con el momento, el lugar, la circunstancia vivida y el recuerdo- se percibe siempre a través del filtro de las emociones.
La escritura como huella de la vida
También la escritura del poema está unida a los conceptos y motivos de la temporalidad. Las metáforas de ‘Apenas nada’ nos hablan de esa correspondencia entre vida y poesía: «En las manos sostengo los días ya pasados. / Son más frías las horas / y la luz no se detiene. // Mi vida pliego en los astros, / sin ser yo, ni nadie; / apenas nada. / Mas cómo dejar de lado todo el tiempo. / ¿Ya no es mío? / ¿A quién pertenece? / La ceguera presente me conduce al fondo del poema».
La poesía aparece aquí como un lugar de descenso y de descubrimiento. La experiencia vivida se convierte en materia poética, mientras la memoria conserva aquello que el tiempo amenaza con borrar.
Esta misma idea agrupa los poemas que evocan y homenajean a poetas: ‘Estos días azules’, ‘En casa de Miguel Hernández’, ‘San Nicolás 13’, ‘Mirar es el encargo’, ‘La música de unos versos’ o la cita final de José Luis Martínez Valero.
La poesía de Purificación Gil: sencillez, sensibilidad y misterio
Los motivos y subtemas son muy variados en Traspasar el silencio, y el resultado es muy rico, así en ‘Todo luz’ naturaleza y tiempo, mar y sueños se cruzan en juegos metafóricos, en ‘Boceto para una tarde de mayo’, interesa la perspectiva parcial de la voz poética y los efectos cinematográficos, en ‘Ruido de ciudad’ encontramos el poema urbano con nostalgia de la huerta idílica, su silencio, su delicado despertar con sonidos de agua y pájaros.
En ‘Jugar con el tiempo’ se logra el bucolismo sobre la anécdota del atraso de la hora y el oscurecimiento de la tarde.
En el poema ‘Octubre, y ya no estás’, encontramos el ritmo logrado a partir del léxico pues los sustantivos que marcan tiempo y luz imponen un mundo de sensaciones: rosales, primavera, octubre, tarde, noche, casa; y los adjetivos encendidos, oscura, apagada, fría, extraña, con el resultado de canto elegíaco.
También aparece la trascendencia y la duda en ‘Dímelo con palabras’: [. ] «¿Y de nosotros? / Qué sabemos aun viendo. ¿Qué sabemos del pájaro y su vuelo? / ¿De la luz que ilumina nuestros ojos? / Las palabras ayudan, / abracemos con paz este misterio».
Traspasar el silencio está escrito en versos libres. La lectura en voz alta resulta armoniosa y serena; los versos libres encuentran su armonía en la selección del léxico, en las isotopías del tiempo, la naturaleza, el silencio y la soledad, en la eufonía de las palabras, en la mesura de las imágenes, en la sintaxis clara y ordenada, en el ritmo de pausas y acentos.
Observamos que los poemas se acortan y adensan según avanzamos en la lectura. Lo anecdótico se diluye, se lamina la sutil narración y queda solo la sensación última y su emoción, y junto a la emoción, el conocimiento preciso y fundamental, es decir, lo vivido y su huella en la memoria.
Así, el último poema de tres versos, ‘Epílogo’, se asemeja a las sentencias que recogen el poso de un proceso de conocimiento interior, verdadera sustancia de Traspasar el silencio: «Hay noches oscuras en las que el alma está sola. / además, es dueña de dicha soledad. / Me fío de ella y espero».
La sensibilidad religiosa y popular
La devoción mariana aparece así vinculada a la sensibilidad popular, a la memoria de los pueblos y a una poesía nacida de la experiencia íntima.
La Virgen Dolorosa, la naturaleza, la maternidad deseada y la vida de la comunidad forman parte de un mismo universo espiritual.
Tenía un profundo sentimiento religioso, que la llevó a bordar un manto precioso a la Virgen Dolorosa de su pueblo.
Poetisa, autodidacta, nacida del pueblo y para el pueblo. Poetisa transparente, intimista, pero abierta, con el corazón en la mano.
Amante de la Alpujarra, de Granada, de su pueblo (Pitres), de la naturaleza, de las flores, de los pájaros, tenía un profundo sentimiento religioso por lo que muchos de sus poemas están dedicados a cada uno de estos epígrafes.
A Granada también le dedica estrofas. Desea ardientemente tener un hijo, o tres o cuatro, deseo imposible que reflejan sus poemas.
Mi vida es la poesía: experiencia, memoria y transformación
La poesía puede nacer de la lectura, de la memoria familiar, de la naturaleza, de la fe o de una experiencia aparentemente sencilla. Su fuerza procede de la capacidad de convertir lo vivido en una forma de comunicación y de conocimiento.
La vida y la escritura. Soledad y silencio. La infancia, siempre. Misterio, sutileza, verdad.
La poesía como compañera del vivir, y la sinceridad de las emociones como herramienta para llegar al poema.
Mi vida es un poema, lo afirma al inicio, es un libro donde hay cabida para todos, también para ti, seas quien seas.
La vida cotidiana como materia poética
La poesía ha sido una de las constantes en mi vida. La trajo mi padre en forma de paredes llenas de libros, la trajo mi madre en forma de historias y poetas alemanes e ingleses, la trajeron algunos de esos primeros amigos, esos que te desmadejan para luego rehacerte de nuevo…
Este fin de semana hemos estado en Zaragoza, con nuestras familias. Ha sido un fin de semana disfrutado, paladeado con menos prisa que otros.
Tuvimos hasta un arco iris maravilloso, porque el sol se empeñaba en salir a ratitos entre lluvia y lluvia.
Lo ha hecho hasta el último momento en que ha salido para que José pudiera perseguir grillos y mariposas en el huerto de ese paraíso de lugar.
Una finca creada por el amor de una pareja, ahora ya anciana, pero cuyo amor sigue alimentando a cuatro generaciones de su familia.
El sábado por la noche, de la mano de mi hermano, acabamos también en algo que era pura poesía: un cine al aire libre para niños en la plaza de uno de los barrios más marginales de la ciudad.
Una plaza y un barrio que un grupo de locos poetas intenta recuperar para la gente, para la vida y para la esperanza.
Y entonces escuchas en la noche abierta, que ha concedido la tregua de dejar de llover apenas una hora antes, las risas de decenas de niños y niñas y de mayores.
Y miras esas imágenes, y recuerdas tu niñez, y lo poco que entonces te gustaban esas pelis y lo mucho que ahora te conmueven. Pura poesía.
La lectura como formación interior
Quizás desde los catorce a los veinte años, por razones circunstanciales: tuve la suerte de que me enseñara literatura francesa un profesor estupendo y una mujer fantástica me desveló el resto.
Me entregué con toda mi alma al realismo de Zola, luego vinieron los autores rusos…
En cierto modo, soy bióloga a causa de Stevenson y su Doctor Jekill, aunque luego mi profesión fue la biología vegetal y no dedicarme a hurgar en el cuerpo humano.
Por otro lado, tuve que aprender inglés y leer en inglés y creo que este esfuerzo pude sostenerlo gracias al entrenamiento lector previo.
La redacción de mis autores sin duda me ha ayudado a construir mejor mis propios documentos de trabajo y aunque la narración sea distinta, el alma de los que tanto y tan bien han escrito ha guiado con más ligereza mi lápiz y el teclado del ordenador.
Las obras que clamaban frente a la desigualdad social se apoderaron de mi alma.
No había política en mis lecturas jóvenes pero gracias a la literatura muy pronto conocí el dolor y la brutalidad, la miseria, el desarraigo y el desamparo.
Dostoievski se encargó muy bien de ello.
También es cierto que de manera un tanto ilusa creí que la literatura acabaría con el horror, pero superado hace tiempo el desencanto, pienso cuánto más tenebroso sería el mundo si los autores no lo hubieran escrito y descrito, qué podríamos esperar o a dónde iríamos si no se siguiera escribiendo.
Escribir para dar forma a lo vivido
Comencé a publicar hace unos doce años, aunque esta afición ya la tenía siendo muy joven.
Por aquel tiempo escribía bastante poesía, aunque debo decir que la leía en mayor proporción.
Creo que la lectura me ha llevado a escribir.
Más tarde mi vida profesional fue por otros derroteros y estuve mucho tiempo entregada a mis labores familiares y profesionales dejando a un lado la escritura.
A los cuarenta y muchos, a pesar de tener una familia numerosa y una profesión como autónoma, volví a mis cuadernos y recomencé de nuevo con mi antigua afición.
No tardé mucho tiempo en descubrir los talleres de la UPE y me matriculé en ellos, allí empecé una nueva faceta y dejé detrás ese miedo del principiante.
Cuando escribo no pienso más que en plasmar sobre el papel algo que me ha llamado la atención, curiosidad, o sentimiento.
En ese momento ni pienso si voy a publicar, solo crear mis ideas las voy pasando al ordenador y van surgiendo las palabras, les voy dando forma y vida a todo lo que mi imaginación encierra, una vez acabado lo guardo y pasado un tiempo vienen las correcciones, y es entonces cuando comienzo a analizar mi texto.
Escribo todo lo que tiene vida, sentimientos, sensibilidad, e intriga y en ocasiones, algo de costumbrismo, como en mi último libro.
Creo que este género no se debe desdeñar, porque hay historias tan interesantes que se perderían si no se dieran a conocer.
La palabra entre el silencio y la verdad
La poesía necesita palabras, pero también silencio. La palabra puede iluminar, consolar y transformar, aunque también puede perder su fuerza cuando se convierte en ruido vacío.
Todos los ecos resuenan aquí, todos ellos cargados de sentidos, a veces abiertos, ambiguos y (por eso) siempre fértiles.
El autor le dice al lector: Tú tienes la palabra. Pero le advierte, también, del poder y la responsabilidad que ello conlleva.
Si la palabra se usa mal, si se vacía de significado, si es retórica huera, si se pasa por alto y se le quita importancia, si no deja también espacio al silencio, deja de ser dardo, clavel, juego o consuelo y es ruido, pura palabrería, objeto de mercadotecnia, instrumento opresor, balada de las masas.
Por eso Javier García Rodríguez se toma tan en serio la palabra, convirtiéndola a cada paso en juego y habitando las palabras de la tribu, la suya y la nuestra, la de todos.
¿A qué aspiras / ofreciendo silencio en vez de ruido?
Tras el silencio está la escritura, el poema.
Una lectura contemplativa de la poesía
Los dos poemas de Góngora pueden leerse como una invitación a entrar lentamente en el misterio. La primera composición concentra la atención en la luz que atraviesa a María y en la figura de Simeón, que alcanza la plenitud de su espera.
La segunda incorpora el movimiento, la llamada urgente y el diálogo. “Corre, vuela, calla, y verás” reúne tres actitudes ante el misterio: prontitud interior, elevación del espíritu y silencio contemplativo.
La “Palomica blanca” expresa de manera popular y paradójica la identidad de María: “pare como Virgen” y “pone como Madre”.
El lenguaje barroco convierte la escena evangélica en una imagen viva de pureza, maternidad y entrega.
La contemplación de estos versos puede conducir a una oración sencilla: pedir una fe sincera, un corazón purificado, una alegría que no dependa de las circunstancias y una disponibilidad semejante a la de María.
La poesía, entendida como lenguaje propio y como compañera del vivir, puede cumplir una función semejante: ayuda a mirar con mayor hondura, a aceptar la fragilidad, a reconocer la belleza y a transformar el dolor en conciencia.
Hay noches oscuras en las que el alma está sola. además, es dueña de dicha soledad. Me fío de ella y espero.
"Silencio", de Edgar Allan Poe | Una fábula oscura • Relato inmersivo
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